Buscar este blog

Salus Umeritana

 

Cuán importante ha sido siempre el agua para el ser humano, no solo como imprescindible soporte vital, sino también, cuando campaba el politeísmo en el mundo, como una más de las deidades a las que rendir culto. Valiéndonos de una pieza artística e histórica de gran valor, vamos a explorar el mundo de las aguas salutíferas en la antigua Roma.

Cuando pensamos en las termas romanas, solemos imaginar enormes edificios de mármol, piscinas de agua caliente y ciudadanos entregados al ocio. Sin embargo, mucho antes de que las grandes ciudades del Imperio convirtieran el baño en un ritual cotidiano, existían lugares donde el agua era considerada un auténtico regalo de los dioses. Allí no se acudía para relajarse, sino para sanar. Desde Britania hasta Siria, miles de personas emprendían largos viajes hasta fuentes, manantiales y surgencias minerales cuya fama trascendía las fronteras regionales. Algunos buscaban aliviar dolores articulares; otros esperaban recuperar la vista, curar enfermedades de la piel o encontrar remedio para dolencias que los médicos eran incapaces de tratar. Pero todos compartían una misma convicción: aquellas aguas poseían un poder sobrenatural.

Hoy sabemos que muchas de esas fuentes eran ricas en minerales como azufre, hierro, sodio o bicarbonatos, cuyas propiedades terapéuticas están bien documentadas. Los romanos desconocían la composición química del agua, pero habían aprendido mediante la observación que determinados manantiales parecían producir efectos beneficiosos sobre la salud. En lugar de explicarlo mediante la ciencia, recurrieron a la religión. Así nacieron los santuarios de aguas salutíferas, espacios donde la medicina empírica, la fe y el paisaje formaban una unidad inseparable. En ellos convivían sacerdotes, peregrinos, médicos, comerciantes y viajeros. Se realizaban sacrificios, se ofrecían exvotos, se consultaban oráculos y, por supuesto, se tomaban baños o se bebían las aguas consideradas curativas. El manantial era, al mismo tiempo, un templo, un hospital y un lugar de peregrinación.

Los romanos heredaron muchas tradiciones de los pueblos griegos, etruscos y célticos, y supieron integrarlas en su propio sistema religioso. Allí donde conquistaban nuevos territorios no eliminaban necesariamente los cultos indígenas, sino que con frecuencia los reinterpretaron bajo formas romanas. De ese modo, antiguas divinidades locales de las aguas terminaron identificándose con ninfas, con Apolo, con Esculapio o con la diosa Salus. En Hispania, numerosos manantiales medicinales estuvieron vinculados a santuarios que permanecieron activos durante siglos y que continuaron siendo lugares de devoción incluso después de la llegada del cristianismo. Entre todos ellos destaca un objeto extraordinario, una pieza única de la platería romana que sigue planteando preguntas más de dos mil años después de su fabricación: la Pátera de Otañes (Castro Urdiales). Gracias a la riqueza de sus escenas grabadas, esta pequeña obra maestra constituye una auténtica ventana al universo religioso asociado a las aguas salutíferas. Ninguna otra pieza conocida en Hispania representa con tanto detalle el recorrido del agua desde el manantial sagrado hasta el santuario donde era venerada. Su iconografía ha permitido reconstruir aspectos de un culto prácticamente desaparecido y conocer a una misteriosa divinidad, Salus Umeritana, cuyo santuario continúa siendo uno de los grandes enigmas de la arqueología hispanorromana.

 

Oro y plata, 21 cm. de diámetro, 974,5 gr. de peso: Pátera de Otañes, dedicada a Salus Umeritana. Se conserva una réplica en el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria (MUPAC), Santander. Teóricamente, la original, propiedad de la familia Otañes, se custodia en la caja fuerte de una entidad bancaria española; fue expuesta por primera vez al público en 1999, en una exposición temporal de Santillana del Mar


La frontera entre lo humano y lo divino 

Para los romanos, el agua nunca fue únicamente un recurso natural. Era una fuerza viva, y como tal, los ríos, los lagos… tenían personalidad propia y podían ser sagrados. Esta percepción tenía profundas raíces mediterráneas. Ya en la Grecia arcaica se atribuían poderes curativos a numerosas fuentes vinculadas a héroes y divinidades. Roma heredó esas creencias, pero las integró en una visión mucho más práctica y administrativa del territorio. Cada nueva provincia incorporada al Imperio suponía también la incorporación de sus paisajes sagrados. Los ingenieros podían construir acueductos capaces de transportar millones de litros de agua, pero seguían respetando aquellos lugares donde la naturaleza parecía manifestar un carácter extraordinario. No resulta extraño que muchos de esos enclaves presentaran características llamativas:

  • Aguas calientes que brotaban espontáneamente.
  • Fuentes sulfurosas con intenso olor.
  • Surgencias de colores rojizos por su alto contenido en hierro.
  • Manantiales que nunca dejaban de fluir, incluso durante las sequías.

Aquellos fenómenos despertaban admiración y favorecían interpretaciones religiosas. El arquitecto Vitruvio, en su tratado De Architectura (VIII), ya distinguía distintos tipos de aguas según sus propiedades naturales y explicaba que algunas eran especialmente beneficiosas para determinadas enfermedades; aunque su razonamiento buscaba una explicación física, demuestra que los romanos observaban cuidadosamente los efectos de cada manantial. Plinio el Viejo dedicó varios capítulos de su Historia Natural (XXXI y XXXVI) a describir fuentes cuyas aguas curaban afecciones concretas: algunas mejoraban la fertilidad, otras fortalecían el estómago, otras ayudaban a sanar heridas o enfermedades oculares… Plinio combina observaciones empíricas con relatos maravillosos, reflejando perfectamente la mentalidad romana: naturaleza y religión no eran ámbitos opuestos, sino complementarios. Séneca, por su parte, en sus Cartas a Lucilio, recordaba cómo ciertos lugares provocaban espontáneamente un sentimiento de respeto religioso, incluso antes de que el ser humano levantara un templo; según el filósofo estoico, algunos paisajes impresionaban tanto que parecían revelar la presencia de una divinidad.

Esta idea resulta fundamental para comprender los santuarios salutíferos: primero fue el lugar; después llegó el templo.

 

La curación de la fe 

Los médicos podían recetar dietas, ungüentos o intervenciones quirúrgicas, pero cuando el tratamiento fracasaba muchos pacientes acudían a un santuario. El procedimiento era sorprendentemente parecido en numerosos lugares del Imperio: el peregrino llegaba al manantial tras un viaje que, en ocasiones, duraba varios días. Antes de utilizar el agua realizaba una ofrenda; podía consistir en monedas, pequeñas figuras de bronce, cerámicas, joyas o tablillas votivas con inscripciones de agradecimiento. Después seguían los rituales prescritos por el santuario, aunque en algunos casos bastaba con beber el agua o realzar baños sucesivos durante varios días. También existían abluciones rituales, unciones con barro mineral o incluso noches de incubación sagrada, durante las cuales el enfermo dormía dentro del recinto esperando recibir en sueños la visita de la divinidad sanadora.

Si el tratamiento tenía éxito, el peregrino regresaba para depositar un exvoto en señal de agradecimiento. Muchos de esos exvotos representaban precisamente la parte del cuerpo que había sanado: piernas, brazos, ojos, úteros, manos o incluso órganos internos modelados en piedra, terracota o metal. Hoy constituyen uno de los testimonios arqueológicos más valiosos para reconstruir las enfermedades que preocupaban a las poblaciones antiguas y la enorme confianza depositada en las aguas sagradas.

 

Las aguas conquistadas por el Imperio 

Si algo caracterizó a la religión romana fue su enorme capacidad para absorber las creencias de los pueblos conquistados. Lejos de destruir sistemáticamente los cultos locales, Roma comprendió que la mejor manera de integrar un territorio consistía en respetar a sus dioses, aunque bajo nombres latinos, y los manantiales medicinales constituyen uno de los mejores ejemplos de este fenómeno. En casi todas las provincias del Imperio existían fuentes cuya fama curativa era muy anterior a la llegada de las legiones, pero los romanos las monumentalizaron, levantaron templos, construyeron termas y dotaron a estos lugares de una infraestructura que facilitó la llegada de peregrinos desde regiones muy alejadas. No eran simples balnearios. Eran auténticos centros religiosos donde el agua era la protagonista absoluta.

A diferencia de los grandes templos urbanos dedicados a Júpiter, Marte o Juno, los santuarios de aguas salutíferas solían situarse en plena naturaleza, ya fuesen bosques, gargantas, cuevas, lagunas o nacimientos de ríos, todos constituían escenarios ideales para el culto, y no era una elección casual. En la mentalidad romana, determinados accidentes naturales manifestaban la presencia de una divinidad (numen). El agua que surgía espontáneamente de la tierra simbolizaba la fertilidad, la regeneración y la continuidad de la vida. Era un elemento que escapaba al control humano y, precisamente por ello, pertenecía a los dioses.

Muchas veces el santuario apenas alteraba el paisaje. Bastaban un pequeño altar, un recinto delimitado y una conducción que permitiera recoger el agua. En otros casos, especialmente durante el Alto Imperio, se desarrollaron complejos monumentales de gran sofisticación arquitectónica. Los arqueólogos han documentado estanques rituales, piscinas de inmersión, pórticos, templos, hospederías para peregrinos, talleres artesanales, tiendas e incluso pequeños teatros destinados a las celebraciones religiosas.

Britania: Uno de los ejemplos más conocidos se encuentra en la actual ciudad inglesa de Bath. Antes de la conquista romana, las tribus britanas ya veneraban un manantial termal al que atribuían propiedades curativas. La divinidad protectora recibía el nombre de Sulis, y cuando Roma llegó, no eliminó aquel culto, lo transformó. Los administradores imperiales identificaron a Sulis con Minerva, diosa de la sabiduría, de las artes y también de ciertos aspectos relacionados con la salud. Así nació una nueva divinidad híbrida: Sulis Minerva. El santuario romano creció hasta convertirse en uno de los principales centros religiosos de Britania. Miles de peregrinos acudían para bañarse en las aguas calientes que emergen de forma natural a unos 46°C, dejando como testimonio centenares de exvotos, monedas y las célebres tablillas de maldición (defixiones), finas láminas de plomo en las que los fieles pedían a la diosa justicia frente a robos o agravios personales. Este caso ilustra perfectamente un fenómeno frecuente en todo el Imperio: el sincretismo religioso, es decir, las antiguas divinidades locales no desaparecían; simplemente adquirían un nuevo nombre dentro del panteón romano.

 

Manantial de Bath, del que brota el agua a 64-96°C (imagen de https://www.enelmundoperdido.com/wp-content/uploads/2026/04/manaltial-termas-romanas-bath-scaled.jpg)

 

Galia: La Galia ofrecía una extraordinaria riqueza de manantiales minerales. Ciudades como Aquae Borvonis (actual Bourbon-Lancy), Aquae Calidae (Vichy) o Aquae Sextiae (Aix-en-Provence) deben su origen precisamente a estos enclaves termales. Muchas de estas aguas estaban dedicadas al dios Borvo o Bormo, una divinidad céltica relacionada con las fuentes calientes. Los romanos mantuvieron su culto, identificándolo en ocasiones con Apolo, dios de la medicina y de la purificación. Las excavaciones arqueológicas han recuperado miles de objetos depositados deliberadamente en los manantiales. Entre ellos aparecen: monedas, joyas, armas inutilizadas ritualmente, pequeñas esculturas, exvotos anatómicos de madera, piedra o bronce e inscripciones votivas. Todo indica que la curación era entendida como un pacto entre el enfermo y la divinidad, en el que el agua actuaba como intermediaria.

 

Detalle de las conocidas como termas Sextius en Aix-en-Provence (imagen de https://www.gites-sisteron.fr/wp-content/uploads/2024/09/Les-thermes-Sextius-Aix-en-Provence.jpeg)

Italia: En la propia península itálica existían numerosos santuarios asociados a fuentes minerales. Baiae, junto al golfo de Nápoles, alcanzó enorme fama por sus aguas termales y por la intensa actividad volcánica de la región. Autores como Horacio o Séneca describen la afluencia constante de aristócratas que buscaban tratamientos para enfermedades reumáticas o simplemente descanso. Sin embargo, no todos los visitantes acudían movidos por el lujo; muchos realizaban auténticas peregrinaciones religiosas. Especialmente importantes fueron los cultos relacionados con Esculapio (Asclepio para los griegos), dios de la medicina. Su santuario en la isla Tiberina en Roma se convirtió en uno de los principales centros terapéuticos del Mediterráneo occidental. Allí se combinaban prácticas médicas relativamente avanzadas con rituales religiosos, incubaciones sagradas y baños purificadores.

 

Detalle del interior con cúpula del llamado templo de Mercurio, de 22 m. de diámetro, uno de los espacios termales del conjunto palacial de Bayas, tal vez usado para baños terapéuticos (imagen de https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/d/d9/Baia-Complesso_Termal_Romano_2010-by-RaBoe-116.jpg)

 

Hispania: La Península Ibérica fue especialmente abundante en manantiales minerales; no es casualidad que muchas estaciones termales actuales tengan un origen romano e incluso prerromano. Las investigaciones arqueológicas han identificado santuarios y establecimientos termales en numerosos puntos del territorio, de entre los que podemos señalar algunos muy significativos: Caldas de Montbui (Barcelona), Caldes de Malavella (Girona), Alange (Badajoz), Baños de Montemayor (Cáceres), Fitero (Navarra), Fortuna (Murcia), Archena (Murcia) o Chaves (Portugal). En muchos de estos lugares aparecieron altares votivos dedicados a las Ninfas, a Apolo, a Fontes, a las Matres o a divinidades indígenas romanizadas. Las aguas constituían un elemento esencial de la religiosidad local mucho antes de la llegada de Roma. Lejos de desaparecer, aquellos cultos adquirieron una nueva dimensión dentro del marco político y religioso del Imperio.

 

Restos conservados de las termas de Aquae Calidae, en la actual Caldas de Montbui, donde emerge una de las aguas más calientes de Europa, a 74°C (imagen de https://www.termesvictoria.com/images/posts/0/1//o/ruta-centre-historic-h-1655822340.jpeg)

 

La arqueología demuestra además que algunos permanecieron vivos durante siglos; incluso tras la expansión del cristianismo, muchas fuentes siguieron siendo consideradas milagrosas. En no pocos casos, los antiguos santuarios paganos fueron sustituidos por ermitas, capillas o advocaciones marianas, conservando intacto el prestigio sanador del lugar. La continuidad de estos espacios sagrados constituye uno de los fenómenos más fascinantes de la historia de las religiones europeas. Cambiaron los nombres de los dioses, pero no la percepción de que determinadas aguas poseían un carácter extraordinario.

Y es precisamente en este contexto donde debemos situar uno de los objetos arqueológicos más singulares de la Hispania romana: una delicada pieza de plata sobredorada encontrada en las cercanías de Flaviobriga, la actual Castro Urdiales. A diferencia de los miles de exvotos recuperados en otros santuarios, esta obra no solo fue una ofrenda, sino también un auténtico relato visual del viaje del agua desde el manantial hasta el lugar de culto. Esa pieza, conocida como Pátera de Otañes, constituye uno de los documentos iconográficos más importantes para comprender cómo los romanos concebían el poder curativo de las aguas.

 

La pátera 

A primera vista podría parecer simplemente un hermoso plato de plata decorado con escenas mitológicas. Sin embargo, basta observarla con detenimiento para comprender que estamos ante algo mucho más complejo: un auténtico relato visual del culto a un manantial sagrado.

La pieza apareció a finales del siglo XVIII en las proximidades de Otañes, localidad perteneciente al municipio de Castro Urdiales (Cantabria), dentro de un territorio que en época romana dependía de la colonia de Flaviobriga, fundada por el emperador Vespasiano hacia el año 74 d. C. Desde su descubrimiento permaneció en manos de la familia Otañes, circunstancia excepcional que permitió conservar intacta su procedencia histórica. A diferencia de tantas piezas antiguas cuyo contexto arqueológico se perdió para siempre, la tradición familiar mantuvo vivo el recuerdo del lugar donde había sido encontrada. La pátera fue declarada Bien de Interés Cultural y constituye hoy una de las obras maestras de la platería romana peninsular.

La mayoría de los investigadores la sitúan entre finales del siglo I y el siglo II d.C., aunque algunos autores han propuesto una fecha ligeramente posterior. En cualquier caso, pertenece al momento de máximo desarrollo económico de Flaviobriga, uno de los puertos más importantes de la cornisa cantábrica.

La pieza está realizada en plata sobredorada mediante una técnica extraordinariamente refinada, pero no se trata de una vajilla de uso cotidiano, sino de un objeto ceremonial. Las páteras eran recipientes poco profundos utilizados durante los sacrificios para realizar libaciones de vino, leche, agua o perfumes destinados a los dioses. El líquido vertido simbolizaba la comunicación entre el mundo humano y el divino. Resulta especialmente significativo que precisamente una pátera —el instrumento por excelencia para ofrecer líquidos a los dioses— fuera elegida para representar un santuario donde el agua constituía el elemento central del culto.

Lejos de limitarse a representar figuras aisladas, el artista organizó las escenas como una secuencia continua, en la que cada personaje desempeña una función, cada edificio parece ocupar un lugar concreto dentro del santuario, cada recipiente transporta agua y cada gesto tiene un significado ritual.

Entre todas las figuras destaca una mujer elegantemente vestida: la inscripción permite identificarla como Salus Umeritana. Este detalle convierte a la pátera en una pieza prácticamente única; mientras que la diosa Salus aparece con relativa frecuencia en monedas e inscripciones romanas, la advocación Umeritana solo se conoce gracias a este objeto y a una inscripción hallada también en las proximidades de Otañes.

¿Qué significa ese nombre? La explicación más aceptada es que hace referencia al lugar donde se encontraba el santuario; del mismo modo que existían divinidades llamadas Diana Nemorensis o Minerva Sulis, la expresión Salus Umeritana identificaría a la protectora del enclave denominado Umeri. Ese topónimo continúa siendo uno de los grandes enigmas de la arqueología cántabra, pues ningún texto clásico menciona expresamente ese lugar; su existencia ha debido reconstruirse a partir de las evidencias arqueológicas y epigráficas.

 

Detalle de Salus, siguiendo la tipología romana convencional de una diosa o ninfa de las aguas, recostada, sosteniendo con su brazo izquierdo un cántaro del que brota el agua del manantial que personifica, y rodeada de vegetación natural de la montaña (imagen de https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/e/ef/R%C3%A9plica_de_la_P%C3%A1tera_de_Ota%C3%B1es.jpg)

 

Las hipótesis más aceptadas sitúan el santuario en las proximidades del Pico del Castillo, cerca de Otañes, donde existen abundantes surgencias naturales y se han localizado restos romanos. Otros investigadores consideran posible que el conjunto estuviera relacionado con explotaciones mineras y conducciones hidráulicas utilizadas para el lavado de minerales. Ambas interpretaciones no son necesariamente incompatibles: en numerosas regiones del Imperio los manantiales sagrados y las explotaciones mineras compartían un mismo paisaje, pues el agua era imprescindible para ambas actividades. Hasta la fecha no ha aparecido una estructura monumental que pueda identificarse sin discusión como el santuario de Umeri. Sin embargo, la iconografía de la pátera sugiere con fuerza que dicho lugar existió realmente.

Aunque existen pequeñas diferencias entre los distintos estudios, la mayoría de los investigadores coinciden en reconocer varias escenas principales:

  1. El nacimiento del agua: En uno de los extremos aparece una construcción asociada a un manantial. El artista parece representar el lugar mismo donde el agua brota de la roca, donde la naturaleza sigue siendo la auténtica protagonista. Esta idea coincide plenamente con la concepción romana de los santuarios salutíferos: el espacio sagrado nace del manantial, no del edificio.
  2. La captación: Otra escena muestra personajes manipulando recipientes; todo indica que recogen cuidadosamente el agua destinada al santuario. El gesto recuerda las operaciones descritas por algunos autores antiguos, quienes señalaban que determinadas aguas debían extraerse siguiendo normas rituales muy precisas, pues no cualquier agua era sagrada: lo era únicamente aquella obtenida en el lugar correcto y mediante el procedimiento adecuado.
  3. El transporte: Quizá la escena más célebre representa una figura portando una gran vasija. Durante mucho tiempo algunos investigadores interpretaron la imagen como un simple aguador; hoy suele considerarse un servidor del santuario encargado del transporte ceremonial del agua. La presencia repetida de recipientes refuerza esta interpretación.
  4. La distribución ritual: Otra escena presenta una estructura arquitectónica más elaborada, pudiendo tratarse del propio santuario o de un edificio asociado al culto. Algunos especialistas creen reconocer conducciones hidráulicas, pero otros prefieren interpretarlo como un edificio porticado. Sea cual sea la solución definitiva, resulta evidente que el agua ya ha abandonado el ámbito estrictamente natural para integrarse en un espacio construido por el ser humano.
  5. La presencia de la diosa: Salus Umeritana preside simbólicamente todo el conjunto, pero sin participar en las tareas materiales. Simplemente observa, protege y garantiza la eficacia del agua. En la religión romana el poder curativo nunca residía únicamente en el líquido, y es que, sin la presencia de la diosa, el manantial sería simplemente una surgencia natural.
  6. La ofrenda: El relato concluye con escenas interpretadas como actos de culto, en los que algunos personajes parecen aproximarse respetuosamente a la divinidad, mientras que otros portan objetos. Es probable que el artista quisiera representar el momento culminante del ritual: la entrega de la ofrenda y la petición de salud. Sin embargo, no conocemos las palabras pronunciadas durante estas ceremonias; tan solo gracias a las inscripciones votivas de otros santuarios conservamos una fórmula muy repetida: "Porque escuchaste mi súplica, cumplo ahora mi promesa". Este do ut des (“yo doy para que tú me des”) constituye la esencia de la religión romana.
 
Detalle del transporte de agua del manantial en un carro específico tirado por mulas, posiblemente para su distribución y/o venta en un entorno urbano (imagen de https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/e/ef/R%C3%A9plica_de_la_P%C3%A1tera_de_Ota%C3%B1es.jpg)

 

Desde el punto de vista arqueológico, la importancia de la Pátera de Otañes resulta difícil de exagerar. No solo destaca por su extraordinaria calidad técnica, sino porque es un documento histórico excepcional. Mientras que la mayoría de los objetos votivos conservados nos hablan de personas concretas, esta pieza parece describir el funcionamiento completo de un santuario, casi como un tratado ilustrado sobre el culto al agua. Gracias a ella podemos comprender aspectos que apenas aparecen reflejados en los textos clásicos: cómo se captaba el agua, quién la transportaba, qué papel desempeñaban los servidores del santuario, cómo se integraban paisaje y arquitectura, y cuál era la función protectora de la divinidad local.

 

Sin embargo, aún queda una pregunta por responder: ¿hasta qué punto las escenas representadas coinciden con lo que nos cuentan los autores clásicos sobre las aguas salutíferas? La respuesta resulta sorprendente, porque la literatura romana confirma muchos de los aspectos que el artista grabó en la plata hace casi dos mil años.

  • Plinio el Viejo es la fuente más importante para entender el prestigio de las aguas medicinales romanas. En los libros XXXI y XXXVI de su Historia Natural realiza un inventario de estos manantiales terapéuticos, capaces de aliviar enfermedades oculares, problemas digestivos, afecciones cutáneas o dolores articulares, o bien modificar el color del cabello, favorecer la fertilidad y ayudar a cicatrizar heridas.
  • Vitrubio describe métodos para localizar manantiales, analizar la calidad del agua y distinguir diferentes composiciones minerales en su libro VIII sobre Arquitectura, poniendo especial énfasis en las aguas para consumo humano.
  • Celso tiene un punto de vista estrictamente médico, recomendando baños calientes, fríos o templados según la enfermedad que se tenga en su De Medicina, y diferenciando el agua para higiene cotidiana de la utilizada para tratamientos médicos.
  • Séneca se vuelca más por describir el poder emocional de la naturaleza en sus Cartas a Lucilio, explicando que ciertos bosques, cavernas o manantiales evocan sentimientos religiosos. En ese sentido, muchas veces los romanos no construían un santuario para convertir un lugar en sagrado, sino que el paisaje les resultaba tan extraordinario que encontraban la necesidad de establecer altares, templos y sacerdotes.
  • Estrabón nos regala una descripción sobre la riqueza hidrográfica de Hispania y la importancia de sus recursos naturales en su obra Geografía, en la que ocupación humana está estrechamente ligada a montañas, ríos y fuentes.
  • Marcial se explaya en mostrarnos en varios de sus Epigramas cómo las estancias en balnearios y termas formaban parte de la vida cotidiana de las élites, ya fuese para buscar descanso, bienestar o tratamiento a diversas dolencias. Desde este punto de vista, las termas públicas no son sino una evolución monumental de los primeros manantiales sagrados de sanación.
  • Frontino analizó el agua desde un punto de vista estratégico en su obra De aquaeductu urbis Romae, sin interesarle sus propiedades milagrosas, solo como recurso del Estado para garantizar el abastecimiento urbano; aunque insiste en la necesidad vital de proteger los nacimientos de agua y evitar su contaminación, y a veces esa protección se conseguía declarando sagrado dicho manantial.


Hay pocas tradiciones nacidas en la Antigüedad que hayan llegado hasta nuestros días con tanta continuidad como el uso terapéutico del agua. Aunque hoy expliquemos sus propiedades mediante la hidrogeología, la medicina y la química, seguimos viajando a balnearios por motivos muy parecidos a los que movían a un ciudadano romano hace dos mil años: aliviar el dolor, recuperar fuerzas, mejorar la movilidad o simplemente buscar bienestar. Donde los romanos veían la intervención de una divinidad, nosotros hablamos de bicarbonatos, sulfuros, oligoelementos o temperaturas mineromedicinales; sin embargo, la experiencia humana continúa siendo extraordinariamente similar.

No deja de resultar llamativo que muchos de los grandes centros termales europeos actuales ocupen exactamente los mismos lugares elegidos por las comunidades prerromanas y monumentalizados después por Roma. La permanencia difícilmente puede explicarse como una simple casualidad: durante siglos, la observación empírica fue confirmando que determinadas aguas producían efectos beneficiosos sobre ciertas patologías, pero mientras la religión proporcionó el primer lenguaje para explicar esos resultados, después la ciencia ha aportado otros modelos interpretativos.

 

Fuentes:

Celso: De Medicina.

Estrabón: Geografía (libro III).

Frontino: De aquaeductu urbis Romae.

Marcial: Epigramas.

Plinio el Viejo: Naturalis Historia (libros II, XXXI, XXXVI) 

Séneca el Joven: Epistulae Morales ad Lucilium.

Vitrubiuo: De Architectura

Bibliografía:

Aja Sánchez, J. R., Cisneros Cunchillos, M. y Ramírez Sádaba, J. L. [coords.] (2008): Los cántabros en la Antigüedad. La historia frente al mito, Santander, Universidad de Cantabria.

Blázquez Martínez, J. M. (1992): Religiones en la España antigua, Madrid, Cátedra. 

Diéz de Velasco, F. (1998): Termalismo y religión. La sacralización del agua en la Península Ibérica y el norte de África en el mundo antiguo, Madrid, Universidad Complutense. 

Gónzález Echegaray, J. (1997): Los cántabros, Santander, Ediciones Librería Estudio. 

Iglesias Gil, J. M. (2008): "Actuaciones arqueológicas en Flaviobriga, Castro Urdiales, 1991-1997", en Ontañón Peredo, R. (coord.), Actuaciones arqueológicas en Cantabria, 1984-1999, Santander, Universidad de Cantabria, 193-196.

(1998): Epigrafía romana de Cantabria, Santander, Universidad de Cantabria. 

Marco Simón, F. (1993): La religión en la Hispania romana, Madrid, Istmo. 

Peréx Agorreta, M. J. [coord.] (1997): Termalismo antiguo, Madrid, UNED. 

Ruiz Gutiérrez e Iglesias Gil, J. M. (2014): "Flaviobriga y el santuario de Salus Umeritana", en Mangas Manjarrés, J. y Novillo López, M. A. (eds.), Santuarios suburbanos y del territorio de las ciudades romanas, Madrid, ICCA-UAM, 277-294. 

 

De Andrónico a Chaplin: la magia del mutismo

 

Hoy, después de mucho tiempo sin que pudiésemos publicar nada en nuestro blog, nos toca hablar de la Pantomima romana. Y casi resulta hasta oportuno, pues de un tiempo a esta parte de vacío de publicaciones, cualquier de nuestros lectores podría pensar que se trata de una broma de mal gusto, como la que hemos sufrido hace poco desde nuestro perfil de Instagram, después de haber sido brevemente hackeados: eso también es digno de una pantomima de mal gusto.

 

Ejemplo escultórico de máscara teatral (imagen de https://mediaclassica.loescher.it/image/8067_1.jpg)

No hay duda de que, dentro de los muchos espectáculos de ocio que se ofrecían en la antigua Roma, los juegos gladiatorios o las carreras circenses eran los más populares. Pero no podemos desmerecer una de las artes escénicas que más calado tuvo entre el pueblo a lo largo de los siglos, y además, sin ni siquiera utilizar palabras, aunque no hace de ello un arte menos sofisticado.

La palabra pantomima procedía del griego pantómimos (“el que imita todo”), y es que podríamos remontarnos hasta la celebración de las Dionisíacas para conocer su origen, cuando se utilizaba el lenguaje corporal y la danza como principal instrumento de representación, acompañados de música y coro para amenizar más la narrativa de la historia que se contaba; sin embargo, en el mundo griego terminó por imponerse la moral y la palabra como creadores de la abstracción y la intelectualidad, quizás algo muy del gusto del espíritu griego o de las élites, pero más difícil de asimilar para un público analfabeto y sin acceso a estudios avanzados.

Es precisamente en ese ámbito popular donde nunca desapareció la gestualidad, los movimientos obscenos y todo un complejo catálogo de lenguaje corporal, representándose no tanto en grandes y pomposos recintos teatrales, sino en plena calle o en las bulliciosas plazas, donde se exhibían al público escenas más realistas de la vida cotidiana o propias de los marginados sociales; a veces también era habitual contratar a una pequeña compañía de actores para entretener a comensales durante las largas veladas de banquetes privados. Por supuesto, y como no podía ser de otro modo, aquello que se torna inmensamente popular para la plebe pasa a ser objeto de críticas de la élite; los intelectuales más conservadores y rancios criticaron la pantomima como moralmente dudosa ya desde tiempos de la República: en realidad era el elemento paródico, la sátira social, aquello que la autoridad no soportaba, mientras se representaban farsas mitológicas, caricaturas sociales, parodias literarias, burlas filosóficas...; especialmente populares eran las escenas de "adulterio", con una infidelidad descubierta in flagrante. Pero en el Imperio asistimos a la paradoja de ver emperadores expulsando a pantomimos de la ciudad por causar disturbios, al tiempo que otros emperadores se volvieron grandes aficionados: Nerón es, sin duda, aquél que representa al verdadero devoto imperial de este arte.

La pantomima llegó a Roma desde el mundo helenístico hacia mediados o finales del s. II a.C., según se fue asimilando el mundo griego como nueva provincia romana, pero especialmente a lo largo del s. I, en pleno efervescencia de las guerras civiles, para terminar imponiéndose en tiempos de Augusto; no obstante, existen posibles precedentes de influencias procedentes de la Magna Grecia, en base un suceso que se nos cuenta sobre el esclavo y actor Livio Andrónico (s. III a.C.), quien perdió la voz durante una representación, y rogó a uno de sus acompañantes que recitase su diálogo mientras él fingía la acción, obteniendo con ello tal éxito que repitió varias veces más ese experimento. 

Un único actor, el pantomimus, interpretaba todos los personajes del drama, cambiando ocasionalmente de máscaras y modulando su cuerpo para que el público apreciase la diferencia entre los distintos roles, ya fuesen dioses, héroes, villanos, mujeres… Especialmente destacan tres tipos de máscaras por ser arquetipos de expresividad: la joven enamorada, el héroe furioso y el tirano cruel. Insistimos, no se hablaba y no se recitaba, era el cuerpo el verdadero texto y herramienta del pantomimus, capaz de transmitir emociones con su movimiento; a modo de ejemplo:

  • Inclinar la cabeza sugería dolor.
  • Un giro brusco del torso expresaba furia.
  • Pasear con lentitud y contención evocaba tragedia.

 

Relieve de Trier con pantomimo sosteniendo máscaras. Conservado en el Staatliche Museen zu Berlin. Cortesía de Ingrid Geske (imagen de https://recherche.smb.museum/detail/700162)

¿Resultan tal vez extraños estos movimientos? ¿No los asociaríamos con ese tipo de emociones? Quizás algunos sí y otros no, es comprensible. Nosotros no somos romanos: el público de aquella época estaba entrenado para leer estos códigos, y así se conseguía un auténtico lenguaje bidireccional, la experiencia compartida entre emisor y receptor.

Aunque resulte una afirmación demasiado simplista, en cierto modo se podría decir que, mientras el público griego rendía mayor culto a la mente, el romano lo hacía al cuerpo. He ahí donde radica el triunfo de la pantomima en Roma, hasta el punto de que, según avanzaba el Imperio, se convirtió en un espectáculo masivo: los teatros se llenaban para ver las representaciones de mitos griegos y la adaptación de varias tragedias, especialmente cuando se trataba de historias de amor, traiciones divinas y castigos ejemplares. Debido a que el lenguaje gestual pervivió durante mucho tiempo, ello permitió ir creando un relevante nivel técnico que convirtió a la pantomima en un género teatral más del mundo romano. ¿Sorprendente por poco creíble? Pues ahí nos queda la anécdota del mismísimo Cicerón, desafiando al mimo Roscio Galo a que tradujera todas sus palabras en gestos, lo que consiguió con suma perfección. Autores como Luciano de Samósata describieron al pantomimo como un “artista total”, pues debía saber de mitología, música, poesía, ritmo y dominar absolutamente la gestualidad, genios de la talla de Pílades o Batilo, algunos de los escasísimos nombres de pantomimos que han llegado hasta nosotros; tal era la pasión que despertaban estos dos actores rivales que surgieron verdaderas bandas fanáticas enfrentadas en varios disturbios.

No obstante, ironías de la vida, mientras que en Grecia los actores acumularon cierto prestigio social y cultural, en Roma las élites se ocuparon de denigrar y desprestigiar esta profesión, lo que no quitaba para que se valorase su función de entretenimiento; ya se sabe la conocida fórmula: panem et circenses. Desde luego Augusto la conocía muy bien, como atestigua la construcción de decenas de teatros por todas las provincias durante su gobierno, en aras de mantener la paz social. Así, los espectáculos teatrales, y la pantomima no sería una excepción, se convirtieron en instrumentos de poder, una forma elegante y sutil de moldear la opinión pública  y absorber los valores romanos a través de representaciones gratuitas. Y todo gracias a actores cuya profesión fue considerada infame, es decir, carente de dignitas, y por tanto, quedaban inhabilitados para votar, testificar en juicio o ejercer cargos públicos, al mismo nivel que prostitutas y esclavos, porque, en cierto modo, también "vendían" sus cuerpos y su voz para el placer del público. Véase como ejemplo las palabras del ilustre filósofo Séneca, quien consideraba que fingir constantemente, tal como hacían los actores al interpretar numerosos papeles, era malo para el alma. Ojo, tampoco es un punto de vista tan anticuado: si rebuscamos en algunas casas hace veinte o treinta años, y si me apuran los lectores todavía hoy en algunos casos, ¿no hemos escuchado de nuestros progenitores las rotundas y clásicas frases de "estudia derecho y no bellas artes, que así no te faltará comida en la mesa" o similares?

Lo más habitual es que en el teatro solo encontremos a varones ejerciendo la profesión, mientras que las mujeres, por norma, estaban excluidas, especialmente en tragedias y comedias de prestigio. PERO, en espectáculos vulgares (sí, de vulgo, pueblo, populares), como los mimos o las pantomimas, asociados con obscenidad y provocación física, SÍ, contamos con participantes femeninas, aunque jamás se las admirase por ello y siempre se las despreciase. De todos modos, ya podían amar con locura su profesión, porque estaban condenados a pasar penurias, en una vida itinerante, viajando de ciudad en ciudad, a la caza de los festivales religiosos y las ferias públicas, dependiendo de la buena voluntad de los magistrados locales o los emperadores para sobrevivir. ¿Con salario mensual? Ni de broma; a veces recibían algún regalo, y en otros momentos no conseguían ni comida ni alojamiento.

Quizás, en un imperio multilingüe, la pantomima era aquel arte teatral con mayores posibilidades de supervivencia, pues la gestualidad y las emociones son un lenguaje universal. Con los cambios culturales y el auge del cristianismo durante el Bajo Imperio, se hizo inevitable que el teatro clásico entrase en una progresiva decadencia y abandono, mientras la pantomima perduraba. Así, inspiró formas medievales de teatro gestual, anticipó técnicas de ballet narrativo, y en cierto modo, también es precursora del mimo moderno. Confieso a los lectores que, al redactar estas líneas, me ha resultado inevitable trazar una línea imaginaria de la historia que conecta, de una forma muy romántica, a cualquier pantomimo romano, escuchando las carcajadas de su entregado público en el barrio de la Suburra, con las incontrolables risas de espectadores adictos a la magia del cinematógrafo del siglo XX, vehículo transmisor de las muecas y gestos corporales de Buster Keaton o Charles Chaplin. Sí, con todas sus diferencias culturales, geográficas, religiosas, lingüísticas…, pero encuentro incuestionable la inmensa deuda que el cine mudo debe a la pantomima romana a través de una larguísima tradición de gestualidad teatral, herida de muerte con la introducción del sonido en el séptimo arte.

 

Detalle del mosaico de la villa de Noheda, donde se nos representa una pantomima (imagen de https://pbs.twimg.com/media/GF5MRoUWQAA9BRl.jpg)

Fuentes:

Dionisio de Halicarnaso: Antigüedades Romanas

Juvenal: Sátiras. 

Luciano de Samósata: Sobre la danza.

Marcial: Epigramas

Plinio el Joven: Cartas

Quintiliano: Institución Oratoria

Séneca el Joven: Cartas a Lucilio / Cuestiones naturales.

Suetonio: Vida de los Doce Césares

Tácito: Anales

Bibliografía:

Beacham, R. C. (1991): The Roman Theatre and Its Audience, Cambridge, Harvard University Press.

Hall, E. y Wyles, R. [eds.] (2008): New Directions in Ancient Pantomime, Oxford, Oxford University Press.

Lada-Richards, I. (2007): Silent Eloquence: Lucian and Pantomime Dancing, London, Bristol Classical Press.

Webb, R. (2008): Demons and Dancers: Performance in Late Antiquity, Cambridge, Harvard University Press. 

PRIMVS INTER PARES

Salus Umeritana

  Cuán importante ha sido siempre el agua para el ser humano, no solo como imprescindible soporte vital, sino también, cuando campaba el p...

POPVLARES