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En las fauces de Licaón

El lobo era, en la mentalidad romana, un animal símbolo de ferocidad y fuerza, con el que los romanos deseaban identificarse, pues sus atributos eran necesarios en la guerra, y ello explica su vinculación como animal de Marte. Así, Rómulo y Remo no solo eran hijos del dios, sino que habían bebido y asimilado la ferocidad que caracterizaba al ejército romano directamente de las mamas de la famosa Loba, enviada por Marte para ayudar a su descendencia. Esta conexión nos la demuestran autores como Tito Livio, quien describió una estatua de Marte rodeado de lobos en la vía Apia, o Virgilio en la Eneida refiriéndose al lobo con el nombre martius[1].

 

Fotografía de un lobo italiano o canis lupus italicus con un abundante pelaje invernal (imagen de http://www.grandvoyageitaly.com/uploads/3/7/2/7/37277491/60-1iberian-wolf-c_orig.jpg)

De igual modo, para los romanos el lobo estuvo asociado al Inframundo; en el mundo funerario etrusco se han hallado urnas cinerarias esculpidas como demonios con forma de lobo. Todo ello se debía al carácter depredador de un animal que podía llegar a hacer estragos entre una sociedad de profundas costumbres pastoriles y veía amenazados sus rebaños. En su capítulo dedicado al lobo, Plinio el Viejo nos recuerda una leyenda itálica en la que, al mirar directamente los ojos de un lobo, se pierde la voz; por ello, cuando alguien se quedaba sin palabras, era común decirle lupus est tibi visus[2]. En sus Geórgicas, Virgilio describe el gran temor que despertaban los aullidos del lobo, un mal que, según Columela, solo se podía combatir con perros fuertes y sanos.

 

Caliza, s. III d.C. Relieve con escena de ofrenda en la que se representa a un dios híbrido con cabeza de lobo o perro coronada con gavillas de trigo, sosteniendo una llave en su mano derecha y un caduceo y gavillas de trigo en su izquierda y con piernas en forma de serpientes (imagen de https://ralphhaussler.weebly.com/uploads/2/1/6/9/21696158/9718391_2.jpg)

Los hombres lobo siempre han sido seres que han fascinado a la imaginación humana a lo largo de la historia, y los romanos no fueron una excepción. Plinio el Viejo fue uno de los autores que lo mencionaron en profundidad dentro de su Historia Natural (VIII, 81); el término latino más correcto para referirse a estas criaturas era versipellis o cambiapieles, más que el término lykos procedente del griego. En sentido estricto, el término latino viene a significar “con la piel del revés” o “el que muda la piel”, es decir, una transformación reversible.

En ningún caso las fuentes antiguas especifican que las transformaciones ocurriesen por efecto de la luna llena[3], sino por vía de una serie de rituales concretos, pócimas mágicas, la voluntad divina, el contacto con la naturaleza o con lugares asociados a la muerte. En ese sentido, si exceptuamos la intervención de los dioses, en todos los casos el individuo es libre de decidir cuándo quiere transformarse, a diferencia de las versiones modernas del licántropo, en las que su transformación es involuntaria o forzada.

 

Cerámica, s. VI a.C. Vaso póntico con escena de hombre lobo, atribuido al pintor de Tityos y hallado en Vulci. Conservado en el Museo Etrusco de Villa Giulia, Roma (imagen de https://www.archeotravelers.com/en/2022/10/31/lycanthropy-between-myth-and-archaeology/)

Los autores latinos, más que hablar de relatos de terror, trataron estos episodios de licantropía como meras fantasías propias de la simpleza del vulgo; Galeno en particular incluso llegó a considerarla más como una enfermedad en su obra Ars Medica, como un tipo de melancolía que se podía tratar[4]. Vamos a conocer las principales menciones a la licantropía en las fuentes literarias latinas.

 

Virgilio (70-19 a.C.; Églogas, VIII, 95-99)

En su octava égloga, Virgilio nos ofrece un relato inspirado en el “Idilio de las hechiceras” de Teócrito[5]:

“Estas hierbas, estos venenos recogidos en el Ponto – pues en el Ponto nacen sin tasa –, me las dio el propio Meris. Gracias a ellas, muchas veces vi a Meris convertirse en lobo y guarecerse en los bosques, y muchas veces arranca las ánimas de sus hondos sepulcros y traslada las mieses sembradas a otro lugar”.

Nos encontramos al pastor Meris, quien consigue transformarse gracias a unas hierbas de carácter mágico, tras lo cual se mueve entre los entornos salvajes del bosque y funerarios de la necrópolis. Sirve como ejemplo en el relato que una bruja hace al pastor Alfesibeo, quien le pide ayuda para obtener el favor de su querida Dafnis.

 

Tíbulo (54-19 a.C.; Elegías, I, 5, 37-60)

En un pasaje de sus elegías de contexto amatorio, Tíbulo nos ofrece el único y excepcional ejemplo de licantropía en el género femenino; concretamente se trata de una alcahueta, aunque en realidad se descubre que es una hechicera con ese poder de transformación:

“A menudo traté de alejar mis penas con el vino, mas el dolor supo transformar todo aquel vino puro en lágrimas. A menudo me busqué otra dueña, mas, al ir a probar sus goces, Venus me recordaba a la mía, y, encima, la otra me plantaba. Entonces, cuando me dejaba, la mujer aquella me decía que la habían hechizado y que le daba vergüenza, y me contaba que mi Delia[6] estaba al tanto de mis infamias. Mas no lo logra con ensalmos: mi niña me embruja con su rostro, con sus tiernos abrazos, con sus rubios cabellos. Y yo, como Tetis, la azulada hija de Nereo, otrora llevada al hemonio Peleo a lomos de un dócil pez. Esto es lo que me hace daño: que le han puesto delante un amante rico, y una astuta alcahueta ha venido para acabar conmigo. Que coma ella manjares llenos de sangre y con boca ensangrentada apure sus copas funestas, llenas de hiel. Que las ánimas que buscan su destino vuelen a su alrededor, y cante siempre desde lo alto de su techo la torva estrige. Que ella, azuzada por el hambre, fuera de sí, rebusque entre tumbas las hierbas y huesos que dejaron atrás los lobos feroces. Que corra y con el vientre desnudo aúlle por las ciudades, y vaya tras ella la fiera jauría de los perros de las encrucijadas. Así será. Un dios me da su señal. Tienen sus dioses los enamorados. Y, si por malas razones abandonan a Venus, ella se enfurece. Mas tú olvida cuanto antes los consejos de las brujas rapaces, que puede cualquier amor ser forzado con regalos”.

Una vez más, encontramos un contexto de tumbas, donde estas criaturas encontraban su sustento, al igual que el gusto por la sangre de sus víctimas. Resulta necesaria la ayuda de los perros para alejar semejante mal de las ciudades.

 

Ovidio (43 a.C. – 17 d.C.; Metamorfosis, I, 205-239)

Sin dudar, el siguiente pasaje de Ovidio es uno de los más importantes que se han conservado, no solo por lo completo en detalles, sino por ese trascendental compendio de mitología que representan las Metamorfosis. Se nos describe nada menos que el origen de la licantropía, en la persona del rey arcadio Licaón[7]:

“Después de que Júpiter acallara los murmullos con su voz, hizo un ademán, y todos guardaron silencio. Y, en cuanto cesó el clamor, frenado por la majestad del rey, él rompió el silencio de nuevo con este relato: «Aquel – no tengáis cuidado – ha pagado su castigo. Con todo, os explicaré lo que hizo y la pena que ha sufrido. Habían llegado a mis oídos los crímenes de aquellos tiempos. Deseando, y mucho, que fueran falsos, bajé de lo alto del Olimpo y, aun siendo un dios, lustré las tierras bajo apariencia humana. Mucho me demoraría si pormenorizase los muchos delitos cometidos y dónde los hallé. Lo que pregonaban los rumores era menos terrible que la propia realidad. Había atravesado yo el Ménalo, horrenda guarida de fieras, y tras él el Cilene y los pinares del helado Liceo[8]. Por ahí penetré en la patria y en la inhóspita morada del tirano arcadio. Cuando los últimos rayos del crepúsculo trajeron la noche, di la señal de que un dios se aproximaba, y el pueblo empezó a suplicar. Licaón, de entrada, se burló de los píos votos y luego dijo: “Voy a probar de forma indubitable si este es un dios o un mortal. Y la verdad no será puesta en cuestión”. Decide darme una muerte aleve cuando esa noche caiga rendido por el sueño. Oportuna le parece esta prueba de la verdad. Y, no contento con ello, con su espada degolló a un rehén del pueblo moloso. Y, así, por un lado, ablanda en agua hirviendo los miembros semimuertos y, por otro, los asa al fuego. Y, en cuanto dispuso aquello en las mesas, yo, con mi llama vengadora, hice caer sobre él la casa, unos penates dignos de tal dueño, el cual huyó aterrorizado y alcanzó el silencio de los campos, en donde aullaba y en vano intentaba hablar. Y sus fauces recogieron la rabia que tenía en su ser. Y, en su afán de tornar a sus crímenes acostumbrados, se volvió contra los ganados, y aún ahora también se goza en su sangre. Sus ropas mudáronse en pelo; sus brazos, en patas, y él, en lobo, mas guardaba todavía algún vestigio de su antigua apariencia. Su canicie es la misma, la misma es la violencia de su semblante. Sus ojos brillan de la misma forma. Es la propia imagen de una bestia”.

El nacimiento de esta raza de criaturas fue, pues voluntad divina del mismo Zeus; en el culto arcadio, el dios principal del Olimpo recibía el nombre de Zeús Lýkaios o “Zeus lobuno”, en conexión directa con este mito. Licaón fue castigado con la transformación forzosa de su ser por haber cometido el gravísimo delito de realizar sacrificios humanos y vulnerar las leyes de la hospitalidad griega al desear matar a Zeus, que era su huésped, y ofrecerle además carne de un esclavo muerto para cenar.

 

Óleo sobre lienzo, 1636-1638. "Júpiter y Licaón", obra diseñada con boceto sobre tabla por Rubens como encargo de la Torre de la Parada, y pintado por su ayudante Jan Cossiers. Conservado en el Museo del Prado, Madrid (imagen de https://commons.wikimedia.org/wiki/File:J%C3%BApiter_y_Lica%C3%B3n_(jan_Cossiers).jpg)
 

Petronio (14/27-65 d.C.; Satiricón, 61-62)

Durante la narración de su obra, Petronio solo hace hablar a sus personajes sobre relatos de monstruos y fantasmas con el único propósito de tildarlos de meras patrañas, cuentos del vulgo ignorante que servían para distraer y entretener a la gente culta y de mejor rango social. Es por esta razón que, en el mundo romano, jamás surgió un género literario de terror:

“Era yo a la sazón esclavo, y vivíamos en el callejón estrecho, en donde ahora está la casa de Gavila. Allí – así lo decidieron los dioses – me hice amante de la esposa del tabernero Terencio. Si hubierais conocido a Melisa, la tarentina… Una preciosidad que emborrachaba. Ahora bien: yo, por Hércules, no iba por sus carnes o por motivos lúbricos, sino más bien porque era mujer de buenas prendas. Si le pedía algo, jamás me lo negaba. ¿Que ella conseguía un as? Tenía yo medio. Y yo, a mi vez, le metía todo en su faltriquera, y nunca me engañó. Su marido pasó su último trance en una villa. Y, así, “por escudos y grebas” hice y deshice para ver cómo podía ir junto a ella, pues, como dicen, los amigos se presentan en las situaciones difíciles.

Y resulta que mi señor había salido para Capua con el fin de liquidar unos bienes de fácil venta. Habiendo hallado una oportunidad, persuadí a nuestro huésped para que me acompañara hasta el quinto miliario. Era un soldado fuerte como un ogro. Y a eso que cantó el gallo movimos el culo. La luna iluminaba la noche como si fuera mediodía. Íbamos entre mausoleos, y el individuo se puso a aliviarse junto a unos sepulcros. Yo me senté y me puse a canturrear y a contar las lápidas. Luego, cuando me volví hacia mi acompañante, él se desvistió y puso todas sus ropas junto al camino. Creí que el alma se me subía a la nariz: estaba como un cadáver. Él, por su parte, orinó en círculo alrededor de sus ropas y, de repente, se transformó en lobo. No penséis que me burlo de vosotros. No hay dinero en el mundo que me pueda inducir a mentir. Pero lo que empezaba a deciros: después de transformarse en lobo, comenzó a aullar y huyó hacia el bosque. Al principio, yo no sabía ni dónde me hallaba. Luego me acerqué para llevarme sus ropas, pero se habían vuelto de piedra. Si hay alguien en el mundo que podía morirse de miedo, ese era yo. Desenvainé mi espada y fui acuchillando las sombras por todo el camino hasta que llegué a la villa de mi amada. Entré como un alma en pena y más muerto que vivo, el sudor se me escapaba de la espina dorsal y mis ojos estaban muertos. Apenas me repuse, mi Melisa empezó a preguntarme por qué andaba tan tarde y me dijo: “Si hubieras venido antes, al menos nos podrías haber ayudado, pues un lobo ha entrado en la villa y ha desangrado a todo el rebaño como un matarife. Sin embargo, aunque ha huido, no se ha burlado de nosotros, pues uno de nuestros esclavos le ha atravesado el cuello con una lanza”. Al oír su relato, no pude abrir más los ojos y, como ya era de día, hui a casa de nuestro Cayo como el tabernero desplumado. Y, cuando acudí al lugar en donde había transformado sus ropas en piedra, no encontré nada, mi amigo el soldado yacía en cama como un buey, y un médico le estaba curando el cuello. Me di cuenta de que él era un hombre lobo y, en adelante, ya no pude compartir el pan con él; ni aunque me hubieran matado. Ya sabrán los demás lo que piensan de esto. Mas, si miento, que tenga airados a vuestros genios”.

Petronio es el único autor latino, y puede que sea uno de los escasos ejemplos en la Antigüedad, en la que se menciona la presencia de la luna en el momento de la transformación, aunque por su descripción, no parece que en el relato el satélite sea el agente causante de la transformación del soldado, pues en todo momento mantiene control de su propio ser y elige desvestirse para realizar la transformación, tras lo cual parece perder todo control  y raciocinio, actuando como un lobo salvaje más. A nuestro juicio no es así, pues de nuevo, y una vez herido, decide volver a convertirse en humano para buscar la atención médica que no recibiría como bestia.

 

Plinio el Viejo (23-79 d.C.; Historia Natural, VIII, 22, 34)

Aunque ya existían en Italia leyendas arraigadas sobre los hombres lobo (como demuestra el uso de la palabra latina versipellis), Plinio se limita a recoger en su obra enciclopédica leyendas de origen griego, con un punto de vista escéptico y descreido; concretamente alude a un episodio que ya trató Evantes de Samos[9], en el que un muchacho arcadio fue elegido por sorteo para ser conducido a un lago de la región y cruzar a nado el lago tras dejar sus ropas en un roble. Tras llegar a la otra orilla, caminó hasta llegar a un desierto, y allí se transformó en lobo, forma que mantuvo durante nueve años, conviviendo con los demás animales salvajes y evitando en todo momento entrar en contacto con otro ser humano; transcurrido ese tiempo, y volviendo a cruzar el mismo largo, retomaría su forma humana, pero siendo nueve años más viejo.

En otra mención, Plinio nos habla de Agríopas, un autor de una historia de los Juegos Olímpicos que relata cómo el parrasio[10] Deméneto probó las entrañas de un niño inmolado durante un sacrificio humano que los arcadios ofrecían a Júpiter Liceo, tras lo cual se convirtió en lobo; sin embargo, a los diez años recuperó su forma original y su actividad deportiva.

Puede que lo más interesante de Plinio sea el primer pasaje, que nos conecta directamente con las experiencias de iniciación juvenil, más conocidas como “ritos de paso”; en este caso particular, los jóvenes eran obligados a abandonar su comunidad y vivir en la naturaleza como bestias. Solo así podían acceder a la condición de adultos integrados en la sociedad y la civilización cuando regresasen. Resulta inevitable encontrar una conexión con la famosa fiesta romana de las Lupercalia, desarrollada en torno al mito del lobo y el dios Fauno (llamado Luperco) como agente de fertilidad sexual y/o protector de las manadas de lobos, y en la que se sacrificaba un perro (enemigo del lobo) al dios.

 

Agustín de Hipona (354-430 d.C.; La ciudad de Dios, XVIII, 17)

Ya en el Bajo Imperio tenemos como último autor a San Agustín, quien recopiló algunos episodios sobrenatulares sobre el origen de la licantropía, teóricamente extraídos de Varrón. Viene a ser un “copia y pega” de lo relatado por Plinio el Viejo, con la única diferencia de que el licántropo recuperaba su forma humana solo si había estado nueve años sin probar la carne humana. La innovación, pues, consiste en crear el motivo del hombre lobo como bestia hambrienta de carne humana:

“Y, para confirmarlo, Varrón da cuenta de otras cosas no menos increíbles de aquella famosísima hechicera, Circe, la cual transformó a los compañeros de Ulises en animales; y también de los arcadios que, tras ser sorteados, atravesaban una laguna y allí se convertían en lobos y vivían en los desiertos de aquella región con otras fieras de esa misma especie. Por otra parte, si lograban privarse de la carne humana, a los nueve años podían recobrar su aspecto humano tras volver a cruzar la misma laguna. Finalmente, menciona también a un tal Deméneto, quien, tras probar la carne de un niño sacrificado por los arcadios a su dios Liceo, se transformó en lobo y a los diez años recuperó su aspecto, actuó en las competiciones pugilísticas de los Juegos Olímpicos y venció en ellos. Y el historiador considera que los arcadios denominaron a Pan y  Júpiter con el epíteto de liceo precisamente por la transformación de los seres humanos en lobos, cosa que consideraban no podía hacerse sino por la intervención divina. Porque, en griego, “lobo” se dice lýkos, de donde parece derivarse el nombre de liceo”.

 

Ilustración con interpretación moderna de la transformación del rey Licaón (imagen de https://pbs.twimg.com/media/F5VvSi9XEAARBS6.jpg)

Fuentes[11]:

Agustín de Hipona: La ciudad de Dios.

Ovidio: Metamorfosis.

Petronio: Satiricón.

Plinio el Viejo: Historia Natural.

Tíbulo: Elegías.

Virgilio: Églogas.

Bibliografía:

Alfayé Villa, S. (2014): “Fraudes sobrenaturales: embaucadores, crédulos y potencias divinas en la antigua Roma”, en Marco, F., Pina, F. y Remesal, J. (coords.), Fraude, mentiras y engaños en el Mundo Antiguo, Barcelona, Universidad Autónoma de Barcelona, 65-96.

Baring-Gould, S. (2004): El libro de los hombres lobo. Información sobre una superstición terrible, Madrid, ¿

Blanco Mayor, J. M. (2020): “Heterodoxia ideológica e hibridismo literario en Aullio de licántropo de Carlos Álvarez”, Hesperia, 23.1, 45-68.

Buxton, R. (2013): “Wolves and Werewolfes in Greek Thought”, en Buxton, R. (ed.), Myths and Tragedies in their Ancient Greek Contexts, Oxford, ¿, 60-79.

Fontana Elboj, G. (2021): ‘Sub luce maligna’. Antología de textos de la antigua Roma sobre criaturas y hechos sobrenaturales, Zaragoza, Contraseña.

Freán Campo, A. (2019): “El mito del hombre lobo en la antigüedad”, Florentia Iliberritana, 30, 47-68.

Rodríguez Morales, J. E. (1992): “Petronio, Satiricón 61, 5-62 y la licantropía en las fuentes latinas”, en Artigas, E. (ed.), Actes del Xè Simposi de la Secciò Catalana de la SEEC, Diputació de Tarragona, 221-228.

Sconduto, L. (2008): Metamorphoses of the Werewolf. A Literary Study from Antiquity through the Renaissance, Jefferson, ¿, 2008.

Wagner, C. G. (1989): “El rol de la licantropía en el contexto de la hechicería clásica”, Anejos de Gerión, 2, Madrid, Universidad Complutense, 83-98.



[1] Incluso Horacio utilizó la expresión martialis lupus.

[2] “Has visto un lobo”.

[3] Fue el cronista medieval Gervase de Tilbury quien asoció la licantropía con la aparición de la luna llena.

[4] “Sí es oportuno saber que esta enfermedad es parecida a la melancolía: que se puede curar abriendo la vena durante el período de acceso y evacuando la sangre hasta la pérdida del conocimiento, y el paciente será alimentado de alimentos muy jugosos. También se puede hacer uso de baños de agua dulce: posteriormente el suero durante un período de tres días; también se purgará con el coloquín de Rufo, de Arquígenes o de Justo, tomado con varios intervalos. Después de la purgación, también se puede usar la triaca extraída de las víboras y los demás tratamientos de la melancolía ya mencionada anteriormente”.

[5] Autor griego del s. III a.C.

[6] Amada literaria de Tíbulo.

[7] Nombre derivado del griego λύκος o lýkos (lobo), que sumado a άνθρωπος o ánthrōpos (hombre), forma nuestra palabra “licántropo”.

[8] Ménalo, Ciilene y Liceo, tres montes de Arcadia, en el Peloponeso.

[9] Autor griego del s. IV a.C.

[10] Parrasio fue un hijo de Licaón, y por su nombre la región de Arcadia también era llamada Parrasia.

[11] Los textos aquí citados corresponden a la traducción realizada por Fontana Elboj (2021).

"La noche es oscura y alberga horrores"

¿Tenían los romanos una concepción sobre el “vampirismo”? Damos comienzo a nuestra sección de Superstitio tratando sobre esta cuestión; no debemos olvidar que, aunque se trate de un aspecto al margen de la religión oficial y considerada como mera charlatanería por los eruditos y estudiosos, la mayoría de la población podía albergar profundas creencias en estas “supersticiones”. Sobre los vampiros, solemos tener una imagen bastante nítida y estereotipada de su naturaleza, que no desarrollaremos aquí, más allá del rasgo fundamental de beber sangre como necesidad vital. 

 

Detalle en cartel de la película "Bram Stoker's Dracula" (1992), de Francis Ford Coppola (captura de imagen de https://discosborabora.com/wp-content/uploads/2020/12/draculastoker.jpg)

Los romanos adoptaron, a través de influencias griegas y etruscas, la figura de las Estriges dentro de su imaginario supersticioso. En general suelen ser descritas como pájaros monstruosos, aunque de los textos que las mencionan se deduce que ni siquiera los romanos tenían una noción segura sobre su naturaleza, confundiendo a estas criaturas con aves de rapiña o con hechiceras metamorfoseadas en aves. Así, existirían dos nexos comunes con la imagen moderna del vampiro: 

  1. La necesidad de alimentarse de humanos, ya sea carne (principalmente órganos vitales) o sangre. 
  2. La capacidad de modificar su aspecto entre humano y animal, o bien en un punto medio de monstruo humanoide.

 

Fotograma de la película "Van Helsing" (2004), donde se muestra a una de las "novias" de Drácula, Marishka, en un aspecto vampírico bastante fiel a la descripción de las estriges (imagen de https://fanfan.es/wp-content/uploads/2019/10/josie-maran-in-van-helsing-1024x612.jpg)

Irónicamente, la primera mención literaria de estos monstruos es cómica, la realizada nada menos que por Plauto (Pséudolo, 801-825), en una clara metáfora burlesca, como corresponde a un individuo letrado que se burla de una “paparrucha” común:

"El cocinero: - No mi mala disposición; han sido los defectos ajenos los que me han hecho mal cocinero.

Balión: - ¿Qué es lo que quieres decir?

El cocinero: - Escúchame. La gente, en cuanto se mete a contratar a un cocinero, nunca busca al mejor y al más costoso. Al contrario: contrata al más barato. Por eso precisamente era yo el único que estaba aquí esperando en el foro. Que esos desgraciados se dejen contratar por un dracma. Lo que es a mí, nadie puede hacer que me levante por menos del doble. Yo no guiso las cenas como los demás cocineros, que en las bandejas sacan lo que, a mi parecer, no son sino puros herbazales; que no hacen otra cosa que acumular hierbas haciendo bueyes de los comensales; y guisan, sin más, hierbas sobre otras hierbas, echando cilantro, hinojo, ajo, perejil; y a eso le añaden romazas, coles, acelgas y bledos; y, encima de todo, diluyen una libra de laserpicio y muelen mostaza, que hace que a los que la muelen les lloren los ojos de antemano. Esos tales, cuando cocinan una cena, cuando guisan, no guisan con condimentos, sino con estriges, que devoran los intestinos de los comensales. Por eso, sí, la gente vive tan poco: por meterse en la andorga semejantes hierbas, unas hierbas que no solo da miedo comerlas, sino incluso mencionarlas[1]".

Las estriges también suelen tener una conexión común con los lactantes, aunque confusa, pues a veces los devoran y otras los amamantan, como nos cuenta Plinio (Historia Natural, XI, 95, 232):

“Considero cosa fabulosa que las estriges amamanten a los niños introduciéndoles sus mamas entre los labios. A esto hay que añadir que el término estrige formaba parte de los insultos de los antiguos, pero no hay constancia, al menos en lo que yo sé, de qué clase de aves son esas”[2].

 

Fotograma de la película "Bram Stoker's Dracula" (1992), en el que una Lucy neófita rapta niños de los que se alimenta en su mausoleo (imagen de https://pbs.twimg.com/media/FEBs-U4WYAgC9np.jpg)

El autor aquí nos hace una revelación interesante. A priori puede resultar muy extraño que unos seres que amenazan la vida humana, incluso a una temprana edad, se vuelquen por un rasgo tan común de la crianza como la lactancia de los infantes. ¿Acaso pretendían nutrirlos para mejorar su posterior sabor? En los cuentos populares de nuestra infancia resuenan los ecos de la bruja que alimentaba a Hänsel y Gretel. ¿O tal vez en la leche de los monstruos estaba la clave para su conversión en nuevas criaturas de pesadilla? Más reciente resultará para algunos la capacidad transformadora de los Caminantes Blancos en la saga de novelas “Canción de Hielo y Fuego”. Pero es más plausible asumir las líneas de Plinio, y tomar el término estrige como sinónimo de “niñera terrible”, un insulto para todas las mujeres, seguramente de origen plebeyo o servil, que hubiesen causado algún mal como nodrizas en la crianza de niños de las clases más pudientes. En general, la relación de estos monstruos con los lactantes se deriva del miedo general de la sociedad a que los niños fueran víctimas de la magia y las fuerzas sobrenaturales, lo que explica la enorme cantidad de talismanes o amuletos empleados en la protección que ha hallado la arqueología; y es que no podemos olvidar que las sociedades preindustriales afrontaban enormes tasas de mortalidad infantil, por lo que la idea de una leche envenenada de estos monstruos para los lactantes solo buscaría entender su inexplicable muerte prematura.

Es Ovidio (Fastos, VI, 131-140) quien da testimonio de una antigua leyenda itálica sobre las estriges y sus maléficos ataques a lactantes; concretamente la víctima es Procas, rey de Alba Longa y bisabuelo de Rómulo y Remo. Este infante logrará salvarse gracias a la ninfa Carna, ser divino que habitaba en el Lucus Helerni, un bosque sagrado en los márgenes del Tíber, encargada de proteger a los mortales frente a los vampiros, y quien dio a Jano el poder sobre los goznes de las puertas:

“Hay unos pájaros voraces, no los que engañaban las fauces de Fineo con los manjares, pero tienen la descendencia de ellos. Tienen una cabeza grande, ojos fijos, picos aptos para la rapiña, las plumas blancas y anzuelos por uñas. Vuelan de noche y atacan a los niños, desamparados de nodriza, y maltratan sus cuerpos, que desgarran en la cuna. Dicen que desgarran con el pico las vísceras de quien todavía es lactante y tienen las fauces llenas de sangre que beben. Su nombre es "vampiro" (strigibus); pero la razón de ese nombre es que acostumbra a graznar (stridere) de noche en forma escalofriante”[3].

 

Representación artística moderna de una estrige, pero muy cercana a la descripción de Ovidio (imagen de https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjkH8alU437pkHasQ3raLQmjzSy6D4tPY74U-rz5GXXyS0MFt-Vj7NR6qbuiBVDIWT-UN-O5a4Chmck_HB9RTV2CtQci4gcPPxphMAxKNLpNO7GIaunEVbDraNPgcE8WN1F2smI3fqceAWm/s1600/strige_by_sacabria.jpg)

Para evitar la muerte de Procas, la ninfa procedió a realizar un interesantísimo ritual, descrito por Ovidio en el mismo pasaje, que servía para alejar a los monstruos y que explicamos paso a paso:

  • Tocó tres veces la puerta con una rama de madroño: las acciones “mágicas” suelen tener en ocasiones algún tipo de explicación lógica, y en este caso parece demostrado que las hojas, frutos, ramas y corteza del madroño poseen propiedades hipoglucemiantes, hipocolesterolemiantes, depurativas de la sangre, anti infecciosas y astringentes. No sería extraño, pues, interpretar la posibilidad de que estas gentes, al margen de las leyendas, poseyeran cierto conocimiento básico sobre las propiedades curativas y protectoras del mundo vegetal. 
  • Con la misma rama trazó una señal en el umbral: sin duda una marca protectora que impida el paso o aleje el mal del niño. Ya mencionamos en otra ocasión el poder y significado que los romanos daban al espacio de las puertas[4]. 
  • Roció la entrada con un agua sanadora: sin más detalles, puede que se tratase de algún agua de manantial o sometida a una fórmula mágica previa. Es inevitable recordar aquí la efectividad del “agua bendita” contra el vampiro. 
  • Tomó las entrañas de una cerda de dos meses y, tras una fórmula oral y unas libaciones, las colocó en el exterior, pero sin que los asistentes al sacrificio pudiesen verlas: hasta ahora hemos visto remedios para mantener alejadas a las estriges del pequeño Procas, pero este gesto nos permite teorizar que la destrucción o alejamiento definitivos del monstruo parecen imposibles para los humanos, por lo que la única posibilidad para salvar la vida del infante es ofrecer en sustitución otra víctima que temple su sed de sangre, y además de una edad similar. 
  • Por último, dispuso un retoño de espino blanco, considerado planta de Jano, bajo la ventana junto a la cuna: esta acción final podríamos describirla como un “por si acaso” en el ritual. ¿Y por qué se emplea este arbusto? Se trata de una especie vegetal con espinas y ramas cerradas que se podía utilizar como barrera natural para impedir el paso a personas o animales en fincas, además de que sus flores mejoran las funciones del sistema cardiovascular, presenta propiedades calmantes y antiespasmódicas para luchar contra la ansiedad, el insomnio y los nervios, combate problemas digestivos como el vómito y las diarreas, y frena algunos síntomas de la menopausia.

Así se impedía, en resumen, el paso de las estriges. Como ya hemos mencionado, en algunos puntos de este ritual podemos encontrar paralelismos con los rituales antivampíricos, como el uso de fórmulas orales basadas en la Biblia, el empleo de símbolos o marcas que protegen del monstruo (como la cruz cristiana), o recurrir a la naturaleza y su religiosidad por sus propiedades sanadoras, como el agua bendita y el ajo. Aunque la mayor diferencia siempre radica en su conexión con las brujas más que con el famoso conde de los Cárpatos. 

Para finalizar esta publicación, y por simple curiosidad, citamos aquí la mención cristiana de San Isidoro (Etimologías, XI, 4, 1-2); hasta esa época llegó el conocimiento erudito sobre las estriges, pero en un contexto de mera explicación sobre las metamorfosis de las hechiceras, y sin interés en su naturaleza:

“Por otra parte, otros autores describen también algunos cambios y transformaciones monstruosas de seres humanos a bestias. Así, cuentan que la celebérrima hechicera Circe transformó en bestias a los compañeros de Ulises. O los arcadios que, tras un sorteo, atravesaban a nado un cierto lago y allí se convertían en lobos. Algunos consideran verdad histórica fundada, y no mentira fabulosa, que los compañeros de Diomedes fueron metamorfoseados en aves. Y otros afirman que las estriges son seres humanos metamorfoseados, que mudan su figura para realizar sus criminales rapiñas y que, gracias a los ensalmos o a las ponzoñas de las hierbas, son capaces de transformarse en cualquier alimaña”[5].

 

Fuentes[6]:

Isidoro de Sevilla: Etimologías.

Ovidio: Fastos.

Petronio: Satiricón.

Plauto: Pséudolo.

Plinio el Viejo: Historia Natural.

Bibliografía:

Alfayé Villa, S. (2018): “¿Quién quiere matar a un muerto? Violencia, magia y necrofobia en la antigua Roma”, en Contreras, J. Mª. y Parejo, Mª. J. (coords.), Religiones. (No)violencia y diálogo. Actas del XI Congreso de la Sociedad Española de Ciencias de las Religiones, Valencia, Tirant lo Blanch, 77-97.

Calmet, A. (1991): Tratado sobre los vampiros, Madrid, Mondadori (ed. orig. 1751).

Fontana Elboj, G. (2021): ‘Sub luce maligna’. Antología de textos de la antigua Roma sobre criaturas y hechos sobrenaturales, Zaragoza, Contraseña.

Hurwood, B. J. (1974): Pasaporte para lo sobrenatural. Relatos de vampiros, brujas, demonios y fantasmas, Madrid, Alianza.

Martínez Maza, C. (2000): “Seres intermedios y religiosidad popular en el mundo romano”, en Cruz Andreotti, G. y Pérez Giménez, A. (coords.), Seres intermedios. Ángeles, demonios y genios en el mundo mediterráneo, Madrid, Ediciones Clásicas, 119-150.

Šašel Kos, M. (2012): “Carnaria. The Festival of the Goddess Carna”, Keria. Studia Latina et Graeca, 23-40.

Teitel Paule, M. (2014): “Qvae saga, qvis magvs. On the Vocabulary of the Roman Witch”, Classical Quarterly, 64.2, 745-757.



[1] COC. Ego dicam tibi: hominum vitio ego sum factus improbior coquos, non meopte ingenio.

BAL. Qua istuc ratione?

COC. Eloquar. quia enim, cum extemplo veniunt conductum coquom, nemo illum quaerit qui optimus et carissimust: illum conducunt potius qui vilissimust. hoc ego fui hodie solus obsessor fori. illi drachmissent miseri: me nemo potest minoris quisquam nummo ut surgam subigere. non ego item cenam condio ut alii coqui, qui mihi condita prata in patinis proferunt, boves qui convivas faciunt herbasque oggerunt, eas herbas herbis aliis porro condiunt: indunt coriandrum, feniculum, alium, atrum holus,
apponunt rumicem, brassicam, betam, blitum, eo laserpici libram pondo diluont, teritur sinapis scelera, quae illis qui terunt prius quam triverunt oculi ut extillent facit. ei homines cenas ubi coquont, cum condiunt, non condimentis condiunt, sed strigibus, vivis convivis intestina quae exedint. hoc hic quidem homines tam brevem vitam colunt, quom hasce herbas huius modi in suom alvom congerunt, formidulosas dictu, non essu modo. quas herbas pecudes non edunt, homines edunt.
 

[2] Fabulosum enim arbitror de strigibus, ubera eas infantium labris inmulgere. esse in maledictis iam antiquis strigem convenit, sed quae sit avium, constare non arbitror.

[3] Sunt avidae volucres, non quae Phineia mensis guttura fraudabant, sed genus inde trahunt: grande caput, stantes oculi, rostra apta rapinis; canities pennis, unguibus hamus inest; nocte volant puerosque petunt nutricis egentes, et vitiant cunis corpora rapta suis; carpere dicuntur lactentia viscera rostris, et plenum poto sanguine guttur habent. est illis strigibus nomen; sed nominis huius causa quod horrenda stridere nocte solent.

[4] Cf. Help me, Forculus!

[5] Scribuntur autem et quaedam monstruosae hominum transformationes et commutationes in bestiis, sicut de illa maga famosissima Circe, quae socios quoque Vlixis mutasse fertur in bestias: et de Arcadibus, qui sorte ducti transnatabant quoddam stagnum atque ibi convertebantur in lupos. Nam et Diomedis socios in volucres fuisse conversos non fabuloso mendacio, sed historica adfirmatione confirmant. Sed et quidam adserunt Strigas ex hominibus fieri. Ad multa enim latrocinia figurae sceleratorum mutantur, et sive magicis cantibus, sive herbarum veneficio totis corporibus in feras transeunt.

[6] La mayoría de los textos aquí citados corresponden a la traducción realizada por Fontana Elboj (2021).


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