Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta Otium. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Otium. Mostrar todas las entradas

De Andrónico a Chaplin: la magia del mutismo

 

Hoy, después de mucho tiempo sin que pudiésemos publicar nada en nuestro blog, nos toca hablar de la Pantomima romana. Y casi resulta hasta oportuno, pues de un tiempo a esta parte de vacío de publicaciones, cualquier de nuestros lectores podría pensar que se trata de una broma de mal gusto, como la que hemos sufrido hace poco desde nuestro perfil de Instagram, después de haber sido brevemente hackeados: eso también es digno de una pantomima de mal gusto.

 

Ejemplo escultórico de máscara teatral (imagen de https://mediaclassica.loescher.it/image/8067_1.jpg)

No hay duda de que, dentro de los muchos espectáculos de ocio que se ofrecían en la antigua Roma, los juegos gladiatorios o las carreras circenses eran los más populares. Pero no podemos desmerecer una de las artes escénicas que más calado tuvo entre el pueblo a lo largo de los siglos, y además, sin ni siquiera utilizar palabras, aunque no hace de ello un arte menos sofisticado.

La palabra pantomima procedía del griego pantómimos (“el que imita todo”), y es que podríamos remontarnos hasta la celebración de las Dionisíacas para conocer su origen, cuando se utilizaba el lenguaje corporal y la danza como principal instrumento de representación, acompañados de música y coro para amenizar más la narrativa de la historia que se contaba; sin embargo, en el mundo griego terminó por imponerse la moral y la palabra como creadores de la abstracción y la intelectualidad, quizás algo muy del gusto del espíritu griego o de las élites, pero más difícil de asimilar para un público analfabeto y sin acceso a estudios avanzados.

Es precisamente en ese ámbito popular donde nunca desapareció la gestualidad, los movimientos obscenos y todo un complejo catálogo de lenguaje corporal, representándose no tanto en grandes y pomposos recintos teatrales, sino en plena calle o en las bulliciosas plazas, donde se exhibían al público escenas más realistas de la vida cotidiana o propias de los marginados sociales; a veces también era habitual contratar a una pequeña compañía de actores para entretener a comensales durante las largas veladas de banquetes privados. Por supuesto, y como no podía ser de otro modo, aquello que se torna inmensamente popular para la plebe pasa a ser objeto de críticas de la élite; los intelectuales más conservadores y rancios criticaron la pantomima como moralmente dudosa ya desde tiempos de la República: en realidad era el elemento paródico, la sátira social, aquello que la autoridad no soportaba, mientras se representaban farsas mitológicas, caricaturas sociales, parodias literarias, burlas filosóficas...; especialmente populares eran las escenas de "adulterio", con una infidelidad descubierta in flagrante. Pero en el Imperio asistimos a la paradoja de ver emperadores expulsando a pantomimos de la ciudad por causar disturbios, al tiempo que otros emperadores se volvieron grandes aficionados: Nerón es, sin duda, aquél que representa al verdadero devoto imperial de este arte.

La pantomima llegó a Roma desde el mundo helenístico hacia mediados o finales del s. II a.C., según se fue asimilando el mundo griego como nueva provincia romana, pero especialmente a lo largo del s. I, en pleno efervescencia de las guerras civiles, para terminar imponiéndose en tiempos de Augusto; no obstante, existen posibles precedentes de influencias procedentes de la Magna Grecia, en base un suceso que se nos cuenta sobre el esclavo y actor Livio Andrónico (s. III a.C.), quien perdió la voz durante una representación, y rogó a uno de sus acompañantes que recitase su diálogo mientras él fingía la acción, obteniendo con ello tal éxito que repitió varias veces más ese experimento. 

Un único actor, el pantomimus, interpretaba todos los personajes del drama, cambiando ocasionalmente de máscaras y modulando su cuerpo para que el público apreciase la diferencia entre los distintos roles, ya fuesen dioses, héroes, villanos, mujeres… Especialmente destacan tres tipos de máscaras por ser arquetipos de expresividad: la joven enamorada, el héroe furioso y el tirano cruel. Insistimos, no se hablaba y no se recitaba, era el cuerpo el verdadero texto y herramienta del pantomimus, capaz de transmitir emociones con su movimiento; a modo de ejemplo:

  • Inclinar la cabeza sugería dolor.
  • Un giro brusco del torso expresaba furia.
  • Pasear con lentitud y contención evocaba tragedia.

 

Relieve de Trier con pantomimo sosteniendo máscaras. Conservado en el Staatliche Museen zu Berlin. Cortesía de Ingrid Geske (imagen de https://recherche.smb.museum/detail/700162)

¿Resultan tal vez extraños estos movimientos? ¿No los asociaríamos con ese tipo de emociones? Quizás algunos sí y otros no, es comprensible. Nosotros no somos romanos: el público de aquella época estaba entrenado para leer estos códigos, y así se conseguía un auténtico lenguaje bidireccional, la experiencia compartida entre emisor y receptor.

Aunque resulte una afirmación demasiado simplista, en cierto modo se podría decir que, mientras el público griego rendía mayor culto a la mente, el romano lo hacía al cuerpo. He ahí donde radica el triunfo de la pantomima en Roma, hasta el punto de que, según avanzaba el Imperio, se convirtió en un espectáculo masivo: los teatros se llenaban para ver las representaciones de mitos griegos y la adaptación de varias tragedias, especialmente cuando se trataba de historias de amor, traiciones divinas y castigos ejemplares. Debido a que el lenguaje gestual pervivió durante mucho tiempo, ello permitió ir creando un relevante nivel técnico que convirtió a la pantomima en un género teatral más del mundo romano. ¿Sorprendente por poco creíble? Pues ahí nos queda la anécdota del mismísimo Cicerón, desafiando al mimo Roscio Galo a que tradujera todas sus palabras en gestos, lo que consiguió con suma perfección. Autores como Luciano de Samósata describieron al pantomimo como un “artista total”, pues debía saber de mitología, música, poesía, ritmo y dominar absolutamente la gestualidad, genios de la talla de Pílades o Batilo, algunos de los escasísimos nombres de pantomimos que han llegado hasta nosotros; tal era la pasión que despertaban estos dos actores rivales que surgieron verdaderas bandas fanáticas enfrentadas en varios disturbios.

No obstante, ironías de la vida, mientras que en Grecia los actores acumularon cierto prestigio social y cultural, en Roma las élites se ocuparon de denigrar y desprestigiar esta profesión, lo que no quitaba para que se valorase su función de entretenimiento; ya se sabe la conocida fórmula: panem et circenses. Desde luego Augusto la conocía muy bien, como atestigua la construcción de decenas de teatros por todas las provincias durante su gobierno, en aras de mantener la paz social. Así, los espectáculos teatrales, y la pantomima no sería una excepción, se convirtieron en instrumentos de poder, una forma elegante y sutil de moldear la opinión pública  y absorber los valores romanos a través de representaciones gratuitas. Y todo gracias a actores cuya profesión fue considerada infame, es decir, carente de dignitas, y por tanto, quedaban inhabilitados para votar, testificar en juicio o ejercer cargos públicos, al mismo nivel que prostitutas y esclavos, porque, en cierto modo, también "vendían" sus cuerpos y su voz para el placer del público. Véase como ejemplo las palabras del ilustre filósofo Séneca, quien consideraba que fingir constantemente, tal como hacían los actores al interpretar numerosos papeles, era malo para el alma. Ojo, tampoco es un punto de vista tan anticuado: si rebuscamos en algunas casas hace veinte o treinta años, y si me apuran los lectores todavía hoy en algunos casos, ¿no hemos escuchado de nuestros progenitores las rotundas y clásicas frases de "estudia derecho y no bellas artes, que así no te faltará comida en la mesa" o similares?

Lo más habitual es que en el teatro solo encontremos a varones ejerciendo la profesión, mientras que las mujeres, por norma, estaban excluidas, especialmente en tragedias y comedias de prestigio. PERO, en espectáculos vulgares (sí, de vulgo, pueblo, populares), como los mimos o las pantomimas, asociados con obscenidad y provocación física, SÍ, contamos con participantes femeninas, aunque jamás se las admirase por ello y siempre se las despreciase. De todos modos, ya podían amar con locura su profesión, porque estaban condenados a pasar penurias, en una vida itinerante, viajando de ciudad en ciudad, a la caza de los festivales religiosos y las ferias públicas, dependiendo de la buena voluntad de los magistrados locales o los emperadores para sobrevivir. ¿Con salario mensual? Ni de broma; a veces recibían algún regalo, y en otros momentos no conseguían ni comida ni alojamiento.

Quizás, en un imperio multilingüe, la pantomima era aquel arte teatral con mayores posibilidades de supervivencia, pues la gestualidad y las emociones son un lenguaje universal. Con los cambios culturales y el auge del cristianismo durante el Bajo Imperio, se hizo inevitable que el teatro clásico entrase en una progresiva decadencia y abandono, mientras la pantomima perduraba. Así, inspiró formas medievales de teatro gestual, anticipó técnicas de ballet narrativo, y en cierto modo, también es precursora del mimo moderno. Confieso a los lectores que, al redactar estas líneas, me ha resultado inevitable trazar una línea imaginaria de la historia que conecta, de una forma muy romántica, a cualquier pantomimo romano, escuchando las carcajadas de su entregado público en el barrio de la Suburra, con las incontrolables risas de espectadores adictos a la magia del cinematógrafo del siglo XX, vehículo transmisor de las muecas y gestos corporales de Buster Keaton o Charles Chaplin. Sí, con todas sus diferencias culturales, geográficas, religiosas, lingüísticas…, pero encuentro incuestionable la inmensa deuda que el cine mudo debe a la pantomima romana a través de una larguísima tradición de gestualidad teatral, herida de muerte con la introducción del sonido en el séptimo arte.

 

Detalle del mosaico de la villa de Noheda, donde se nos representa una pantomima (imagen de https://pbs.twimg.com/media/GF5MRoUWQAA9BRl.jpg)

Fuentes:

Dionisio de Halicarnaso: Antigüedades Romanas

Juvenal: Sátiras. 

Luciano de Samósata: Sobre la danza.

Marcial: Epigramas

Plinio el Joven: Cartas

Quintiliano: Institución Oratoria

Séneca el Joven: Cartas a Lucilio / Cuestiones naturales.

Suetonio: Vida de los Doce Césares

Tácito: Anales

Bibliografía:

Beacham, R. C. (1991): The Roman Theatre and Its Audience, Cambridge, Harvard University Press.

Hall, E. y Wyles, R. [eds.] (2008): New Directions in Ancient Pantomime, Oxford, Oxford University Press.

Lada-Richards, I. (2007): Silent Eloquence: Lucian and Pantomime Dancing, London, Bristol Classical Press.

Webb, R. (2008): Demons and Dancers: Performance in Late Antiquity, Cambridge, Harvard University Press. 

Pan, más pan y vino con miel

 

Vamos a tratar un tema sobradamente conocido y divulgado tanto desde el mundo académico como internet. En ese sentido los tiempos de comida en el mundo romano no representan ningún misterio, pero sí que es cierto que, más allá de la imagen de reuniones sociales para comer reclinados en triclinia, el público general sigue teniendo una idea un tanto limitada al respecto, sobre todo en lo que respecta al contenido, y no tanto al continente, por lo que no está de más que desde Salve, Qvirites ofrezcamos un refresco detallado sobre la cuestión.

Antes de nada, debemos recordar la inexistencia de electricidad[1] en aquellos tiempos, rigiéndose el ser humano por las horas solares para repartir sus tiempos de comida; tampoco contaban con los horarios de trabajo propios de la revolución industrial, que obligaban a desayunar de forma contundente para resistir largas horas de trabajo hasta el mediodía. De igual modo, lo que aquí ofrecemos no es más que una división paradigmática que obedecía más a las clases pudientes que a la mayoría de la población, pero grosso modo, la mayoría de los habitantes (con variedad en la dieta), se ajustaban a:

 

IENTACULUM:

Consumido entre las horas tertia y quarta (entre las 07:00 y las 09:00, dependiendo de ser verano o invierno), más que un desayuno en el sentido moderno del término, los romanos concibieron esta comida como un sencillo tentempié amoldado a los gustos individuales. Originalmente consistía en la ingesta de unas tortas de pan, redondas y planas, hechas de farro, un cereal emparentado con el trigo, y aderezadas con algo de sal. Aunque si hablamos de la aristocracia, también podían incluirse huevos, queso, miel, leche y fruta en ese desayuno, al gusto del emperador Alejandro Severo (HA, Alex. Sev., XXX, 5). Con la evolución de los tiempos se incorporó el pan de trigo, pudiendo consumirse humedecido en vino y acompañado de aceitunas, queso, uvas o galletas.

El pan seco (panem siccum) solía ser el rey entre los ingredientes del desayuno y era casi omnipresente; de hecho, cuanto más frugal y sencilla sea su ingesta[2] más suele denotar la virtud y respeto por la tradición del comensal[3]. El segundo lugar en el podio del ientaculum lo ocupa el queso, sabroso y calórico según la variedad, y desde luego un magnífico acompañamiento con pan y vino. Y a partir de ahí, toda la variedad que se quiera. El divino Augusto, como les encanta recalcar a las fuentes, disfrutaba comiendo cosas comunes y en poca cantidad según la descripción de Suetonio (Aug., 76), como pan, pescados pequeños (pisciculos minusculos), quesos frescos hechos a mano (caseum bubulum manu pressum) e higos frescos (ficos virides); la verdad sea dicha, más sano y rico, imposible. Y cuanto peor sea el emperador o el personaje corrupto, el tópico literario marca para él una glotonería desmesurada, como en los casos de Vitelio (Suet. Vit., 13) o Clodio Albino (HA, Clod., XI, 2-4).

Pero como hemos dicho, todo esto dependía de las apetencias de un individuo. Por ejemplo, si el emperador de turno se despertaba a las cinco de la mañana deseando comer ostras, pues ese sería su ientaculum, y si un campesino abría el ojo a las 04:00 porque le esperaba una larguísima y agotadora labor agrícola, a lo mejor se metía “entre pecho y espalda” un enorme cuenco de gachas y un mulso pollo asado, por sugerir ideas. Como curiosidad, el biógrafo de Antonino Pío en la Historia Augusta nos dice que a este princeps le gustaba desayunar solo un poco de pan seco antes de la salutatio[4] (HA, Ant. Pius, XIII, 2); en cambio, los protagonistas de El asno de oro deciden, durante su viaje, desayunar cuando el sol está en su cénit (Apul. Met., I, 18), así que se entiende que no existía entre los romanos un desayuno estandarizado, ni en horas ni alimentos.

 

Recreación de ientaculum romano, con los principales ingrediendes descritos (imagen de https://pbs.twimg.com/media/Du37qZiW4AAZ9ss.jpg)

PRANDIUM:

Para la mayoría de la población, consistía en un almuerzo de media mañana muy básico, pero necesario para poder resistir las largas horas entre el desayuno y la cena. Fuera de casa, como solía ser frecuente, dicho almuerzo era de consumo rápido, pudiendo ser frío o caliente, y expedido en los numerosísimos establecimientos “fast food” de las calles. Tres eran los tipos principales:

  • Caupona: un hostal con servicio de comida en la planta baja y alojamiento en las plantas superiores (además de sexo por un cobro extra).
  • Popina: técnicamente se parecería a una posada, pudiendo comer en mesas y sillas. 
  • Taberna: posiblemente la opción más barata, con servicio de comida de pie o sentado en bancos dispuestos en el exterior del local.

En todos los casos la comida y la bebida se almacenaban en ánforas voluminosas insertas en lo que hoy llamaríamos la “barra del bar” (thermopolium), que a su vez contaba con un brasero para mantener caliente la comida. Hay que precisar que el término thermopolium también podía hacer alusión a otro tipo de establecimiento, de muy reducidas dimensiones y con el servicio básico de comida rápida. La variedad de platos para el almuerzo era numerosa: legumbres, verduras, quesos, huevos, aceitunas, frutas… a veces carnes y pescados, y siempre tortas de farro o trigo, todo condimentado con aliños a base de vino, vinagre, miel, especias, y garum, por supuesto. De bebida, podías pedir agua, vino rebajado, piperatum[5] o posca[6], muy común por su bajo precio y útil para prevenir infecciones bacterianas.

La opción de “comer fuera” era la más extendida, pero no siempre la mejor vista; Juvenal (VIII, 172-175) afirmaba que las popinae solo eran visitadas por marineros, arrieros, vendedores ambulantes, esclavos, criminales y hasta fugitivos, por lo que no sería, probablemente, el ambiente más frecuentado por la élite. De este colectivo muchos preferirían volver a sus hogares, donde el prandium se basaba en consumir las sobras de la cena de ayer.

Eso sí, entre ricos y pobres parece que había unanimidad en cuanto a echarse la siesta después, sobre todo entre aquellos cuyo horario lo permitía, toda una frontera entre los asuntos públicos y el ocio, y cuya extensión variaba según la virtud de cada uno. En el caso de Séneca (Ep., X, 83, 6), dormía la siesta “lo imprescindible” (dormio minimum), pues tenía “un sueño muy corto, como si fuera una pausa” (brevissimo somno utor et quasi interiungo).

 

Ejemplo de thermopolium en una taberna de Herculano (fotografía propia)

El problema básico del ientaculum y el prandium es su escasa documentación, sin interés para las fuentes literarias porque respondían a la mera necesidad de “matar el gusanillo” y calmar el estómago, sin ningún tipo de complicación o protocolo social, quedando en el ámbito estrictamente privado.

 

CAENA o COENA:

Sin lugar a dudas se trataba de la comida más importante del día, especialmente para las clases altas; si tenemos en cuenta que no ejercían trabajos manuales (considerados desprestigiosos) y que cumplían con todas sus obligaciones y negocios a lo largo de la mañana, se entiende que el ocio y la “comida fuerte” quedasen para el final, una ocasión ideal en la que el anfitrión presumía de poderío económico o trataba cuestiones sociopolíticas. Su complejidad y la laboriosidad de los platos aumentaron especialmente en época imperial como consecuencia de la expansión territorial, que permitió la llegada de nuevos y foráneos ingredientes, quedando prácticamente abandonado el viejo hábito de la vesperna (una cena ligera que se realizaba al atardecer), que en todo caso seguían realizando los plebeyos.

Tras una visita a los baños, la cena podía dar comienzo entre las 15:00 y las 17:00 según la estación, a veces prolongándose hasta muy entrada la noche si había invitados. Remontándonos a la época de la Monarquía y la República temprana (aunque también en tiempos posteriores para las clases trabajadoras), la cena solía consistir solo en puls, un tipo de gachas; la versión más simple se hacía con farro, agua, sal y grasa, pero la más sofisticada incluía aceite, huevos, queso y miel, y cuando la ocasión lo permitía se acompañaba de verduras, pescado o carne.

Según fueron transcurriendo los años en la República, esta cena fue dividida en dos platos: uno fuerte y un postre con fruta y  hasta marisco en algunas ocasiones (como los camarones). Pero hacia finales del periodo republicano, quedó estandarizada una cena en tres partes:

  1. Gustatio: entrantes basados en platos ligeros servidos uno detrás de otro. 
  2. Primae Mensae: plato principal en el que acostumbran a predominar las carnes o los pescados, a veces con elaboraciones muy exóticas donde importaba más la decoración que los ingredientes en sí. 
  3. Secundae Mensae: los postres, que podían abarcar desde fruta variada (siendo las uvas la elección predilecta) hasta una gran variedad de pasteles bañados en miel. Hubo un tiempo en que hasta las ostras y las almejas se incluían en este repertorio, si bien terminaron por convertirse en entrantes.

En el caso de acoger invitados en la mesa, se incluía, justo después de los postres, la Comissatio, es decir, una ronda de bebidas alcohólicas. Mayormente hablamos de vino, que, por su elevada concentración alcohólica al no existir un control de la fermentación, era rebajado con agua en distintas proporciones para alargar la velada, o endulzado y especiado en diversas mezclas:

  • Passum: vino de pasas fuerte y dulce, una receta de origen púnico. 
  • Mulsum: vino más fresco con miel. 
  • Conditum: vino madurado con miel y especias; una variante era el conditum paradoxum (vino, miel, pimienta negra, laurel, dátil, lentisco y azafrán, previamente cocinado y almacenado), pero otra menos atractiva a nuestro paladar incluía agua de mar, colofonia[7] y brea de alquitrán de pino[8].

Los hábitos y comportamientos en la mesa no eran muy distintos de los actuales, si tenemos en cuenta las diferencias culturales y tecnológicas, pero siempre atendiendo a una lógica comprensible. Antes de la cena se lavaban pies y manos, estas últimas imprescindibles, pues tomaban la comida con la punta de los dedos, a excepción de los alimentos líquidos, ingeridos con dos tipos de cucharas: ligula (grande) y cochlear (pequeña), esta última muy útil para caracoles y moluscos.

Los anfitriones y los comensales se reunían en el triclinium, donde se reclinaban en lechos o lecti[9] alrededor de la mensa, formando un semicírculo para facilitar a los esclavos el servicio de los platos. Los más defensores de la tradición republicana mantenían a las mujeres en sillas frente a sus esposos, pero en el Imperio no hubo problema en que la élite permitiese a las mujeres reclinarse. Los esclavos personales de cada invitado permanecían de pie, detrás de sus amos.

Tras terminar cualquier alimento se volvían a lavar los dedos, mientras que las bocas se limpiaban con mappae, unas servilletas[10] que también se regalaban a los invitados para llevarse las sobras de la comida o envolver pequeños obsequios (apophoreta). Todo aquello que no podía comerse, como los huesos, espinas, conchas… se tiraba al suelo para ser barrido por los esclavos.

 

Fresco en IV estilo pompeyano, anterior al 79 d.C. (68 x 66 cm). Escena de banquete romano, en la que se aprecian algunos detalles protocolarios, como la distribución de los lechos en forma de U, o los esclavos atendiendo las necesidades de algunos comensales; fue descubierto en Pompeya (V, 2, 4) y hoy se conserva en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles (imagen de https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/d/d1/Pompeii_family_feast_painting_Naples.jpg)

Fuentes:

Apuleyo: El asno de oro.

Cicerón: Cartas a los familiares.

Juvenal: Sátiras.

Marcial: Epigramas.

Plinio el Joven: Cartas.

Séneca: Cartas morales a Lucilio.

Suetonio: Vida de los Doce Césares.

VV.AA.: Historia Augusta.

Bibliografía:

André, J. (1981): L’alimentation et la cuisine à Rome, Paris, Les Belles Lettres.

Blanc, N. y Nercessian, A. (1992): La cuisine romaine antique, Grenoble, Glénat.

Chamay, J. (2013): "Banquet à la romaine", Art Passions. Revue suisse d'art et de culture, 72-75.

Dalby, A. (2000): Empire of Pleasures, London, Routledge.

(2003): Food in the Ancient World from A to Z, London, Routledge.

Dosi, A. y Versalita Schnell, F. (1985): A tavola con i romani antichi, Roma, Quasar.

Faas, P. (2005): Around the Roman Table. Food and Feasting in Ancient Rome, New York, Palgrave Macmillan.

Hannestad, L. (1979): Mad og drikke i det antikke Rom, Copenhague, Nyt Nordisk Forlag.

Monteix, N. (2007): “Cauponae, popinae et thermopolia. De la norme littéraire et historiographique à la réalité pompéienne”, en Barnabei, L. (ed.), Contributi di archeologia vesubiana, vol. 3, I culti di Pompei. Raccolta critica della documentazione. La norme à Pompéi, Ier siècle avant – Ier siècle après J.C. Colloque Université Lyon le 17 novembre 2004, Roma,  L’Erma di Bretschneider, 117-128.

Roller, M. B. (2017): Dining Posture in Ancient Rome. Bodies, Values and Status, Princeton, Princeton University Press.

Valerio, N. (1989): La távola degli antichi, Milano, Mondadori.




[1] Como es lógico, se entiende que la iluminación eléctrica permitiese, especialmente desde el s. XIX, retrasar la hora de la cena.

[2] A lo sumo aderezado con sal, ajo, aceite o remojado en vino.

[3] En sus viajes entre la Galia y Germania, para dar ejemplo, Adriano gustó de comer el rancho de la tropa a base de tocino, queso y agua mezclada con vinagre (HA, Hadr., X, 2). En el extremo del virtuosismo romano tenemos a Cicerón, quien directamente no consumía nada en el desayuno y el almuerzo, manteniendo el estómago vacío hasta la cena (Cic. Fam., 193). Aunque como es el único que hace esta afirmación sobre sí mismo, a lo mejor devoraba en secreto😉.

[4] Ritual previo al amanecer.

[5] Mezcla de agua caliente con vino, miel, pimienta y hierbas aromáticas.

[6] Mezcla de agua y vinagre.

[7] Resina de las coníferas.

[8] A parte de cumplir una función impermeabilizante del recipiente donde se portaba el líquido, se considera que también daba sabor al vino.

[9] Máximo de tres personas por lecho, normalmente.

[10] Antes de la introducción de estas servilletas hacia mediados del s. I d.C., era habitual limpiarse las manos en galletas de miga de pan traídas de casa. Una vez llenas de grasa y restos de salsas, este tipo de pan terminaba hecho bolitas que se arrojaban al suelo para disfrute de los animales y hasta de los esclavos.

"Alea iacta est"

Mucho éxito tenían en Roma los tesserae o dados[1], pues formaban parte de una de las grandes pasiones de todo romano: las apuestas.

Procedente de Grecia, se atribuye la creación del juego a Palamedes, hijo de Nauplio, quien no solo descubrió la treta de Ulises para intentar rehuir su compromiso en la guerra de Troya, sino que también inventó los dados para fomentar la distracción entre los soldados, y así evitar que sucumbiesen a las penurias de tan largo conflicto (Sófocles, Palamedes, fr. 479 Radt.) Pero mientras que en Grecia fue un juego más enmarcado en el entorno aristocrático, en Roma su extensión social fue muchísimo mayor.

Partiendo de la clase baja, los trabajadores jugaban con tal fervor a los dados que no les importaba hacerlo en el exterior aun cuando las condiciones no eran propicias para trabajar. Las prostitutas en particular jugaban con gran soltura en las mesas de apuestas; los ancianos lo consideraban uno de sus últimos placeres, y los niños, por imitación, jugaban utilizando nueces como premio. Si tenemos que hacer caso a Juvenal (XIV, 4-5), desde luego parece que este juego trascendía las generaciones y gustaba a todo el mundo: “Si a un viejo le gusta el ruinoso juego de los dados, también su heredero, que aún lleva la bula, agita las mismas armas en un pequeño cubilete”.

 

Fresco con escena de dos jugadores de dados, uno de ellos sujetando un posible cubilete, y animados por otros dos espectadores. Descubierto en la caupona de la Via di Mercurio (casa VI, 10, 1.19, habitación b) y conservado in situ (imagen de https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Dice_players_fresco_from_the_Osteria_della_Via_di_Mercurio_(VI_10,1.19,_room_b),_in_situ_wall_fresco,_Pompeii_(14880010983).jpg)


Y en este tono hablaba Amiano (XXVIII, 4, 29-30), ya en el Bajo Imperio, de la inmutable pasión romana hacia el juego:

“Estos, todo lo que viven, lo malgastan en vino, dados, juegos, placeres y espectáculos. Para ellos, su templo, su hogar, su asamblea y la esperanza de todos sus deseos es el Circo Máximo. Y, de hecho, se les puede ver por las plazas, callejones, avenidas y puntos de reunión formando grupos en los que discuten sus diferencias y defienden a unos o a otros, como sucede con frecuencia. […] juran una y otra vez que el estado no podrá subsistir si, en la siguiente carrera, su auriga favorito no sale el primero de la línea de salida y no realiza giros muy arriesgados con sus caballos de mal agüero”.

Para la aristocracia, en cambio, “parece” que no era un juego predilecto. Por un lado tenemos la condena moral, en la que los jugadores son considerados como gente infame, más perversos cuanto mayor es su ingenio en el juego. A veces incluso se asociaba el ambiente de juego con el de conspiración o amenaza contra el Estado, como los participantes en la conjura de Catilina, descritos como aleatores (“jugadores”), o sencillamente como herramienta para acreditar la degeneración de algunos emperadores[2].

Por otro tenemos la condena legal, como la Lex Alearia (ca. 204 a.C.), primer intento de condenar el juego, por supuesto sin éxito. La Lex Talaria, algo más moderada, prohibía los dados excepto en las comidas o las Saturnalia[3]; el incumplimiento de la misma conllevaba multas desde una cantidad cuádruple a lo apostado hasta el exilio. Un caso particular de condena lo tenemos registrado en Cicerón (Phil., II, 55-56), cuando nos habla de la condena de Licinio Lenticula (amigo de Marco Antonio) por jugar a los dados públicamente en el Foro. Pero sin duda un riguroso cumplimiento de la ley nunca fue posible; los ediles se conformaban con supervisar de vez en cuando las tabernas, y por la enorme cantidad de tableros de juego que ha sobrevivido en el registro arqueológico, está claro que la supervisión era mediocre.

El rechazo público de las élites a los dados (a pesar de que muchos igualmente los disfrutasen en privado) se suele explicar como una necesidad de protección del estatus, porque el juego en sí mismo podía servir para la movilidad social, ya que en una partida daba igual el nacimiento o el oficio. Para un aristócrata, el gusto plebeyo por los dados demostraba la incapacidad del vulgo para usar su tiempo libre (otium) de forma inteligente. Excusas bastante mediocres, la verdad sea dicha, sobre todo respecto al peligro de la movilidad social, si tenemos en cuenta que la cantidad apostada por un romano común sería irrisoria en comparación con las extravagantes cifras atribuidas a algunos emperadores. A modo de ejemplo, se dice que Augusto perdió 20.000 sestercios en una noche[4]; Claudio (Suet., Cl., 33) tenía tal pasión por los dados que no solo escribió un libro sobre la materia, sino que también ordenaba colocar su litera de tal forma que no se trastocaran las tiradas durante trayectos, y su sucesor, Nerón, apostaba 400 sestercios por tirada[5].

Los romanos jugaban normalmente con dos dados[6] (fabricados en hueso, madera, marfil…), que no han variado nada en su aspecto comparado con los modernos: eran cubos con sus seis caras marcadas por números del 1 al 6 mediante puntos con disposición en dextrógiros[7], quizás en un intento de imitar la configuración geométrica de las tabas[8]

 

Dado romano conservado en el Musée Romain de Lausanne-Vidy, Suiza (imagen de https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/2/26/Roman_dice_IMG_4367.JPG)

Podían lanzarse con las manos o llegar a utilizar un cubilete o fritillus para evitar hacer trampas (algunos tenían protuberancias en su interior que favorecían las vueltas de los dados), y en caso de desconfiar del rival para apuestas más serias se recurría a la turricula (torrecilla con escaleras interiores que hacían rodar los dados de forma aleatoria). La arqueología ha permitido documentar evidencias de trampas al descubrirse dados que presentan pequeñas irregularidades en su forma, o bien una de sus caras cargada de plomo para favorecer que algunos resultados fuesen más probables que otros.

 

Turricula de bronce del 370-380 d.C. (22,5 x 9,5 x 9,5 cm), encontrada en una villa romana de Wettweiss Froitzheim, y conservada en el Rheinisches Landesmuseum de Bonn. La inscripción dice: PICTOS / VICTOS / HOSTIS / DELETA / LUDITE / SECURI, es decir, "ahora que los pictos han sido vencidos y los enemigos destruidos, juega con seguridad" (imagen de Dasen, 2020, 179)

También tenemos evidencias de tableros de juego grabados en diversos lugares públicos, sobre todo foros y basílicas (a pesar, como ya hemos mencionado, de la naturaleza clandestina del juego)[9], pero también campamentos militares, y por supuesto tabernas, algunas con habitaciones traseras, mesas y sillas donde comer y jugar; en esos tableros de juego incluso se inscribieron ocurrencias y reflexiones irónicas tales como: “Rechaza las riquezas, la codicia insana corrompe la mente”[10].

 

Mosaico con representación de un tablero de juego (96 x 122 cm) para alea de dos dados, descubierto en Antioquía y conservado en el Princeton University Art Museum (imagen de Dasen, 2020, 181)

Tablero de juego (ss. V-VI d.C.) para duodecim scripta ("doce líneas") de tres dados, que contiene la inscripción ☩☩ἐπὶ Φλ(αβίου) Φωτίου σχο(λαστικοῦ) κ(αὶ) πατρ(όσ) ☩ (“Bajo Flavius Photius, scholasticus y padre”). Descubierto en Afrodisias, Turquía (imagen de https://cdn3.despertaferro-ediciones.com/wp-content/uploads/2020/03/Roman_Game-1920-72-redim.jpg)

Por supuesto, la mayor emoción del juego estribaba en apostar dinero; de hecho, en la costumbre pervivió que la moneda apostada recibiese el nombre de “cabezas o naves”, debido a que las primeras monedas tenían estas imágenes en sus anversos y reversos, los famosos ases, de los que ya hablaremos 😉. Pero la apuesta también implicaba ilegalidad, por lo que se intentó eludir las multas utilizando fichas en vez de dinero real, unas fichas llamadas calculi, hechas de hueso u otros materiales, y con marcas numéricas en un lado (las más comunes eran I, V y X[11], y en menor proporción otros números como II, III, VIII o IX), a veces incluyendo inscripciones tales como remittam libenter (“con gusto pagaré”). En suma, y por si todavía no os habíais hecho una idea, nos encontramos ante el equivalente romano del pagaré, similar a las fichas de casino.

 

Dibujo aclaratorio de dos fichas romanas con anverso, reverso y borde, apreciándose también la inscripción (imagen de http://acanomas.com/images/historia/repay.gif)

En base a las similitudes tipológicas entre los dados romanos y los usados en épocas posteriores, se sugiere un número limitado de juegos. Si quieres jugar como un verdadero romano, te recomendamos que los pruebes:

  • Juego de Superación: el ganador es quien consigue la mayor suma total de puntos en una o varias tiradas[12]. 
  • Juego de Combinación: el ganador se determina según el valor de las combinaciones. 
  • Juego de Puntuación: se sabe el ganador según las puntuaciones de tiradas previas, pero sin tener por qué ser la tirada más alta. 
  • Juego Compuesto: una combinación de los anteriores.

No existen datos concretos de juegos romanos, pero se suele optar por acudir a juegos medievales que bien pudieran haber tenido su origen en época romana:

  1. Iactus Tres: un juego de superación en el que cada jugador lanza los dos dados tres veces, eligiendo la tirada más alta de entre los tres resultados, para sumar los puntos de ambos dados. El jugador con la tirada más alta es el ganador. 
  2. Abacum Claudere: un juego de combinación cuyo objetivo es “cerrar el tablero”, que está compuesto por nueve casillas numeradas, o bien puede jugarse sin tablero siempre que se vayan registrando las tiradas. Cada jugador lanza los dos dados y suma el resultado: si el resultado es 10, 11 o 12, pasa los dados al siguiente jugador; si el resultado es otro, queda marcada la casilla correspondiente del I al IX (o se registra), y sigue tirando hasta que saque un resultado mayor que nueve o uno que ya haya marcado. En cuanto marque los números VII, VIII y IX, puede lanzar sólo un dado. Cuando los jugadores terminen su turno, se suman los números que no ha marcado cada jugador, y quien tenga el menor resultado gana.
  3. Unus ut Duo: el primer jugador lanza un dado, y el resto de jugadores dos dados de uno en uno; de estos, quien consiga igualar la tirada del primer jugador con ambos dados gana. Así, si el primer jugador saca un 5, aquel que saque 3 y  2 (o 4 y 1) gana.

Uno de los mejores testimonios de la pasión por los dados es una inscripción localizada en un fresco pompeyano (CIL IV, 3494), en el que aparecen dos jugadores discutiendo. La inscripción reza:

  • Jugador 1: Exsi (¡He terminado!) 
  • Jugador 2: Non tria, dua est (No es un tres, es un dos) 
  • Jugador 1: Noxsi/a me/tria/eco fui (¡Tramposo! ¡He sacado un tres! ¡He ganado yo!) 
  • Jugador 2: Or(o) te fel(l)ator/eco fui (¡Mamón! ¡He ganado yo!) 
  • Posadero: Itis foras rixsatis (¡Id a reñir fuera!)

 

Fresco (50 x 205 cm) con la escena de juego descrita, localizado en el caupona de Salvius en Pompeya, hoy conservado en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles (imagen de https://commons.wikimedia.org/wiki/File:3494(Foras_rixsatis).1.jpg)

Y cuando la cosa se desmadra... siempre mejor estar al lado de Tito Pullo, que parece imitar lo descrito por Marcial (5, 84): “[…] el jugador, mal traicionado por el cubilete seductor, sacado inmediatamente de la vieja taberna, borracho suplica al edil”. 

 


Fuentes:

Amiano Marcelino: Historia.

Biblia: Nuevo Testamento, Evangelio de San Juan.

Cicerón: Filípicas.

Esquilo: Agamenón.

Juvenal: Sátiras.

Marcial: Epigramas.

Ovidio: El arte de amar.

Séneca: Diálogos.

Sófocles: Palamedes.

Suetonio: Vida de los Doce Césares.

Bibliografía:

Carretero Vaquero, S. (1998): “El ludus latrunculorum, un juego de estrategia practicado por los equites del ala II Flavia”, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología (BSAA), 64, 117-140

Dasen, V. (2020): “Play with Fate”, en Mastrocinque, A. et al. (eds.), Ancient Magic. Then and Now, 74, Postdam, Steiner Franz Verlag, 173-192.

Horsfall, N. (2003): The Culture of the Roman Plebs, Bristol, Classical Press.

Purcell, N. (1995): “Literate Games. Roman Urban Society and the Game of Alea”, Past and Present, 147, 3-37.

Rodríguez Rodríguez, J. R. y Fernández Antón, C. (2013): Juegos y pasatiempos de la antigüedad, Valladolid, Glyphos.

Toner, J. (1995): Leisure and Ancient Rome, Cambridge, Polity Press.

(2012): Sesenta millones de romanos. La cultura del pueblo en la antigua Roma, Barcelona, Crítica.

(2015): “El juego y las apuestas en la antigua Roma”, Desperta Ferro Arqueología e Historia, 1, La cultura ibérica, -.



[1] También recibían el nombre de alea, de ahí términos castellanos como “aleatorio”, o la famosa frase cesariana de Alea iacta est (literalmente “el dado está echado”).

[2] Domiciano fue criticado por jugar a los dados incluso por la mañana (Suet., Dom., 21), al igual que Calígula por jugar y hasta hacer trampas durante el luto por su hermana (Suet.,, Cal., 41; Sen., Dial., 11, 17, 5).

[3] En el calendario litúrgico del 336 d.C. diciembre viene marcado con una mesa y un juego de dados que reza: “Ahora, esclavo, se te permite jugar con tu señor”.

[4] Y sin embargo, para Suetonio (Aug., 71) el primer emperador apostaba cantidades modestas, al menos si lo tenemos que comparar a otros.

[5] Nuevamente acudiendo a Suetonio (Nero, 30), se nos habla de que llegó a apostar un mínimo de 400.000 sestercios, cifra necesaria para que un individuo alcanzase el rango de caballero.

[6] Tres en la manera griega.

[7] Si se colocaba la cara marcada con un punto hacia arriba, y se giraba hasta que apareciera la cara marcada con dos puntos hacia la izquierda, la cara con tres puntos aparecería a la derecha.

[8] En estos juegos se podían lanzar dados, tabas o hasta palillos del Senet.

[9] Sabemos hasta de un tablero hallado en la casa de las vestales.

[10] Sperne lucrum / versat mentes / insana cupido.

[11] Muchas de las fichas marcadas con X incluyen una línea vertical en su centro para indicar el valor de un denario.

[12] Dentro de esta opción podría enmarcarse el echarse algo a suertes, como los soldados que se dividieron la ropa de Jesús tras la crucifixión (Juan, 19, 23-24).

PRIMVS INTER PARES

Mare Nostrum I: Monorremes y Birremes

  Cuando pensamos en una batalla naval romana, lo normal es imaginar una enorme galera cargada de soldados, con un espolón de bronce en la...

POPVLARES