Hoy, después de mucho tiempo sin que pudiésemos publicar nada en nuestro blog, nos toca hablar de la Pantomima romana. Y casi resulta hasta oportuno, pues de un tiempo a esta parte de vacío de publicaciones, cualquier de nuestros lectores podría pensar que se trata de una broma de mal gusto, como la que hemos sufrido hace poco desde nuestro perfil de Instagram, después de haber sido brevemente hackeados: eso también es digno de una pantomima de mal gusto.
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| Ejemplo escultórico de máscara teatral (imagen de https://mediaclassica.loescher.it/image/8067_1.jpg) |
No hay duda de que, dentro de los muchos espectáculos de ocio que se ofrecían en la antigua Roma, los juegos gladiatorios o las carreras circenses eran los más populares. Pero no podemos desmerecer una de las artes escénicas que más calado tuvo entre el pueblo a lo largo de los siglos, y además, sin ni siquiera utilizar palabras, aunque no hace de ello un arte menos sofisticado.
La palabra pantomima procedía del griego pantómimos (“el que imita todo”), y es que podríamos remontarnos hasta la celebración de las Dionisíacas para conocer su origen, cuando se utilizaba el lenguaje corporal y la danza como principal instrumento de representación, acompañados de música y coro para amenizar más la narrativa de la historia que se contaba; sin embargo, en el mundo griego terminó por imponerse la moral y la palabra como creadores de la abstracción y la intelectualidad, quizás algo muy del gusto del espíritu griego o de las élites, pero más difícil de asimilar para un público analfabeto y sin acceso a estudios avanzados.
Es precisamente en ese ámbito popular donde nunca desapareció la gestualidad, los movimientos obscenos y todo un complejo catálogo de lenguaje corporal, representándose no tanto en grandes y pomposos recintos teatrales, sino en plena calle o en las bulliciosas plazas, donde se exhibían al público escenas más realistas de la vida cotidiana o propias de los marginados sociales; a veces también era habitual contratar a una pequeña compañía de actores para entretener a comensales durante las largas veladas de banquetes privados. Por supuesto, y como no podía ser de otro modo, aquello que se torna inmensamente popular para la plebe pasa a ser objeto de críticas de la élite; los intelectuales más conservadores y rancios criticaron la pantomima como moralmente dudosa ya desde tiempos de la República: en realidad era el elemento paródico, la sátira social, aquello que la autoridad no soportaba, mientras se representaban farsas mitológicas, caricaturas sociales, parodias literarias, burlas filosóficas...; especialmente populares eran las escenas de "adulterio", con una infidelidad descubierta in flagrante. Pero en el Imperio asistimos a la paradoja de ver emperadores expulsando a pantomimos de la ciudad por causar disturbios, al tiempo que otros emperadores se volvieron grandes aficionados: Nerón es, sin duda, aquél que representa al verdadero devoto imperial de este arte.
La pantomima llegó a Roma desde el mundo helenístico hacia mediados o finales del s. II a.C., según se fue asimilando el mundo griego como nueva provincia romana, pero especialmente a lo largo del s. I, en pleno efervescencia de las guerras civiles, para terminar imponiéndose en tiempos de Augusto; no obstante, existen posibles precedentes de influencias procedentes de la Magna Grecia, en base un suceso que se nos cuenta sobre el esclavo y actor Livio Andrónico (s. III a.C.), quien perdió la voz durante una representación, y rogó a uno de sus acompañantes que recitase su diálogo mientras él fingía la acción, obteniendo con ello tal éxito que repitió varias veces más ese experimento.
Un único actor, el pantomimus, interpretaba todos los personajes del drama, cambiando ocasionalmente de máscaras y modulando su cuerpo para que el público apreciase la diferencia entre los distintos roles, ya fuesen dioses, héroes, villanos, mujeres… Especialmente destacan tres tipos de máscaras por ser arquetipos de expresividad: la joven enamorada, el héroe furioso y el tirano cruel. Insistimos, no se hablaba y no se recitaba, era el cuerpo el verdadero texto y herramienta del pantomimus, capaz de transmitir emociones con su movimiento; a modo de ejemplo:
- Inclinar la cabeza sugería dolor.
- Un giro brusco del torso expresaba furia.
- Pasear con lentitud y contención evocaba tragedia.
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| Relieve de Trier con pantomimo sosteniendo máscaras. Conservado en el Staatliche Museen zu Berlin. Cortesía de Ingrid Geske (imagen de https://recherche.smb.museum/detail/700162) |
¿Resultan tal vez extraños estos movimientos? ¿No los asociaríamos con ese tipo de emociones? Quizás algunos sí y otros no, es comprensible. Nosotros no somos romanos: el público de aquella época estaba entrenado para leer estos códigos, y así se conseguía un auténtico lenguaje bidireccional, la experiencia compartida entre emisor y receptor.
Aunque resulte una afirmación demasiado simplista, en cierto modo se podría decir que, mientras el público griego rendía mayor culto a la mente, el romano lo hacía al cuerpo. He ahí donde radica el triunfo de la pantomima en Roma, hasta el punto de que, según avanzaba el Imperio, se convirtió en un espectáculo masivo: los teatros se llenaban para ver las representaciones de mitos griegos y la adaptación de varias tragedias, especialmente cuando se trataba de historias de amor, traiciones divinas y castigos ejemplares. Debido a que el lenguaje gestual pervivió durante mucho tiempo, ello permitió ir creando un relevante nivel técnico que convirtió a la pantomima en un género teatral más del mundo romano. ¿Sorprendente por poco creíble? Pues ahí nos queda la anécdota del mismísimo Cicerón, desafiando al mimo Roscio Galo a que tradujera todas sus palabras en gestos, lo que consiguió con suma perfección. Autores como Luciano de Samósata describieron al pantomimo como un “artista total”, pues debía saber de mitología, música, poesía, ritmo y dominar absolutamente la gestualidad, genios de la talla de Pílades o Batilo, algunos de los escasísimos nombres de pantomimos que han llegado hasta nosotros; tal era la pasión que despertaban estos dos actores rivales que surgieron verdaderas bandas fanáticas enfrentadas en varios disturbios.
No obstante, ironías de la vida, mientras que en Grecia los actores acumularon cierto prestigio social y cultural, en Roma las élites se ocuparon de denigrar y desprestigiar esta profesión, lo que no quitaba para que se valorase su función de entretenimiento; ya se sabe la conocida fórmula: panem et circenses. Desde luego Augusto la conocía muy bien, como atestigua la construcción de decenas de teatros por todas las provincias durante su gobierno, en aras de mantener la paz social. Así, los espectáculos teatrales, y la pantomima no sería una excepción, se convirtieron en instrumentos de poder, una forma elegante y sutil de moldear la opinión pública y absorber los valores romanos a través de representaciones gratuitas. Y todo gracias a actores cuya profesión fue considerada infame, es decir, carente de dignitas, y por tanto, quedaban inhabilitados para votar, testificar en juicio o ejercer cargos públicos, al mismo nivel que prostitutas y esclavos, porque, en cierto modo, también "vendían" sus cuerpos y su voz para el placer del público. Véase como ejemplo las palabras del ilustre filósofo Séneca, quien consideraba que fingir constantemente, tal como hacían los actores al interpretar numerosos papeles, era malo para el alma. Ojo, tampoco es un punto de vista tan anticuado: si rebuscamos en algunas casas hace veinte o treinta años, y si me apuran los lectores todavía hoy en algunos casos, ¿no hemos escuchado de nuestros progenitores las rotundas y clásicas frases de "estudia derecho y no bellas artes, que así no te faltará comida en la mesa" o similares?
Lo más habitual es que en el teatro solo encontremos a varones ejerciendo la profesión, mientras que las mujeres, por norma, estaban excluidas, especialmente en tragedias y comedias de prestigio. PERO, en espectáculos vulgares (sí, de vulgo, pueblo, populares), como los mimos o las pantomimas, asociados con obscenidad y provocación física, SÍ, contamos con participantes femeninas, aunque jamás se las admirase por ello y siempre se las despreciase. De todos modos, ya podían amar con locura su profesión, porque estaban condenados a pasar penurias, en una vida itinerante, viajando de ciudad en ciudad, a la caza de los festivales religiosos y las ferias públicas, dependiendo de la buena voluntad de los magistrados locales o los emperadores para sobrevivir. ¿Con salario mensual? Ni de broma; a veces recibían algún regalo, y en otros momentos no conseguían ni comida ni alojamiento.
Quizás, en un imperio multilingüe, la pantomima era aquel arte teatral con mayores posibilidades de supervivencia, pues la gestualidad y las emociones son un lenguaje universal. Con los cambios culturales y el auge del cristianismo durante el Bajo Imperio, se hizo inevitable que el teatro clásico entrase en una progresiva decadencia y abandono, mientras la pantomima perduraba. Así, inspiró formas medievales de teatro gestual, anticipó técnicas de ballet narrativo, y en cierto modo, también es precursora del mimo moderno. Confieso a los lectores que, al redactar estas líneas, me ha resultado inevitable trazar una línea imaginaria de la historia que conecta, de una forma muy romántica, a cualquier pantomimo romano, escuchando las carcajadas de su entregado público en el barrio de la Suburra, con las incontrolables risas de espectadores adictos a la magia del cinematógrafo del siglo XX, vehículo transmisor de las muecas y gestos corporales de Buster Keaton o Charles Chaplin. Sí, con todas sus diferencias culturales, geográficas, religiosas, lingüísticas…, pero encuentro incuestionable la inmensa deuda que el cine mudo debe a la pantomima romana a través de una larguísima tradición de gestualidad teatral, herida de muerte con la introducción del sonido en el séptimo arte.
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| Detalle del mosaico de la villa de Noheda, donde se nos representa una pantomima (imagen de https://pbs.twimg.com/media/GF5MRoUWQAA9BRl.jpg) |
Fuentes:
Dionisio de Halicarnaso: Antigüedades Romanas.
Juvenal: Sátiras.
Luciano de Samósata: Sobre la danza.
Marcial: Epigramas.
Plinio el Joven: Cartas.
Quintiliano: Institución Oratoria.
Séneca el Joven: Cartas a Lucilio / Cuestiones naturales.
Suetonio: Vida de los Doce Césares.
Tácito: Anales.
Bibliografía:
Beacham, R. C. (1991): The Roman Theatre and Its Audience, Cambridge, Harvard University Press.
Hall, E. y Wyles, R. [eds.] (2008): New Directions in Ancient Pantomime, Oxford, Oxford University Press.
Lada-Richards, I. (2007): Silent Eloquence: Lucian and Pantomime Dancing, London, Bristol Classical Press.
Webb, R. (2008): Demons and Dancers: Performance in Late Antiquity, Cambridge, Harvard University Press.


