Cuán importante ha sido siempre el agua para el ser humano, no solo como imprescindible soporte vital, sino también, cuando campaba el politeísmo en el mundo, como una más de las deidades a las que rendir culto. Valiéndonos de una pieza artística e histórica de gran valor, vamos a explorar el mundo de las aguas salutíferas en la antigua Roma.
Cuando pensamos en las termas romanas, solemos imaginar enormes edificios de mármol, piscinas de agua caliente y ciudadanos entregados al ocio. Sin embargo, mucho antes de que las grandes ciudades del Imperio convirtieran el baño en un ritual cotidiano, existían lugares donde el agua era considerada un auténtico regalo de los dioses. Allí no se acudía para relajarse, sino para sanar. Desde Britania hasta Siria, miles de personas emprendían largos viajes hasta fuentes, manantiales y surgencias minerales cuya fama trascendía las fronteras regionales. Algunos buscaban aliviar dolores articulares; otros esperaban recuperar la vista, curar enfermedades de la piel o encontrar remedio para dolencias que los médicos eran incapaces de tratar. Pero todos compartían una misma convicción: aquellas aguas poseían un poder sobrenatural.
Hoy sabemos que muchas de esas fuentes eran ricas en minerales como azufre, hierro, sodio o bicarbonatos, cuyas propiedades terapéuticas están bien documentadas. Los romanos desconocían la composición química del agua, pero habían aprendido mediante la observación que determinados manantiales parecían producir efectos beneficiosos sobre la salud. En lugar de explicarlo mediante la ciencia, recurrieron a la religión. Así nacieron los santuarios de aguas salutíferas, espacios donde la medicina empírica, la fe y el paisaje formaban una unidad inseparable. En ellos convivían sacerdotes, peregrinos, médicos, comerciantes y viajeros. Se realizaban sacrificios, se ofrecían exvotos, se consultaban oráculos y, por supuesto, se tomaban baños o se bebían las aguas consideradas curativas. El manantial era, al mismo tiempo, un templo, un hospital y un lugar de peregrinación.
Los romanos heredaron muchas tradiciones de los pueblos griegos, etruscos y célticos, y supieron integrarlas en su propio sistema religioso. Allí donde conquistaban nuevos territorios no eliminaban necesariamente los cultos indígenas, sino que con frecuencia los reinterpretaron bajo formas romanas. De ese modo, antiguas divinidades locales de las aguas terminaron identificándose con ninfas, con Apolo, con Esculapio o con la diosa Salus. En Hispania, numerosos manantiales medicinales estuvieron vinculados a santuarios que permanecieron activos durante siglos y que continuaron siendo lugares de devoción incluso después de la llegada del cristianismo. Entre todos ellos destaca un objeto extraordinario, una pieza única de la platería romana que sigue planteando preguntas más de dos mil años después de su fabricación: la Pátera de Otañes (Castro Urdiales). Gracias a la riqueza de sus escenas grabadas, esta pequeña obra maestra constituye una auténtica ventana al universo religioso asociado a las aguas salutíferas. Ninguna otra pieza conocida en Hispania representa con tanto detalle el recorrido del agua desde el manantial sagrado hasta el santuario donde era venerada. Su iconografía ha permitido reconstruir aspectos de un culto prácticamente desaparecido y conocer a una misteriosa divinidad, Salus Umeritana, cuyo santuario continúa siendo uno de los grandes enigmas de la arqueología hispanorromana.
La frontera entre lo humano y lo divino
Para los romanos, el agua nunca fue únicamente un recurso natural. Era una fuerza viva, y como tal, los ríos, los lagos… tenían personalidad propia y podían ser sagrados. Esta percepción tenía profundas raíces mediterráneas. Ya en la Grecia arcaica se atribuían poderes curativos a numerosas fuentes vinculadas a héroes y divinidades. Roma heredó esas creencias, pero las integró en una visión mucho más práctica y administrativa del territorio. Cada nueva provincia incorporada al Imperio suponía también la incorporación de sus paisajes sagrados. Los ingenieros podían construir acueductos capaces de transportar millones de litros de agua, pero seguían respetando aquellos lugares donde la naturaleza parecía manifestar un carácter extraordinario. No resulta extraño que muchos de esos enclaves presentaran características llamativas:
- Aguas calientes que brotaban espontáneamente.
- Fuentes sulfurosas con intenso olor.
- Surgencias de colores rojizos por su alto contenido en hierro.
- Manantiales que nunca dejaban de fluir, incluso durante las sequías.
Aquellos fenómenos despertaban admiración y favorecían interpretaciones religiosas. El arquitecto Vitruvio, en su tratado De Architectura (VIII), ya distinguía distintos tipos de aguas según sus propiedades naturales y explicaba que algunas eran especialmente beneficiosas para determinadas enfermedades; aunque su razonamiento buscaba una explicación física, demuestra que los romanos observaban cuidadosamente los efectos de cada manantial. Plinio el Viejo dedicó varios capítulos de su Historia Natural (XXXI y XXXVI) a describir fuentes cuyas aguas curaban afecciones concretas: algunas mejoraban la fertilidad, otras fortalecían el estómago, otras ayudaban a sanar heridas o enfermedades oculares… Plinio combina observaciones empíricas con relatos maravillosos, reflejando perfectamente la mentalidad romana: naturaleza y religión no eran ámbitos opuestos, sino complementarios. Séneca, por su parte, en sus Cartas a Lucilio, recordaba cómo ciertos lugares provocaban espontáneamente un sentimiento de respeto religioso, incluso antes de que el ser humano levantara un templo; según el filósofo estoico, algunos paisajes impresionaban tanto que parecían revelar la presencia de una divinidad.
Esta idea resulta fundamental para comprender los santuarios salutíferos: primero fue el lugar; después llegó el templo.
La curación de la fe
Los médicos podían recetar dietas, ungüentos o intervenciones quirúrgicas, pero cuando el tratamiento fracasaba muchos pacientes acudían a un santuario. El procedimiento era sorprendentemente parecido en numerosos lugares del Imperio: el peregrino llegaba al manantial tras un viaje que, en ocasiones, duraba varios días. Antes de utilizar el agua realizaba una ofrenda; podía consistir en monedas, pequeñas figuras de bronce, cerámicas, joyas o tablillas votivas con inscripciones de agradecimiento. Después seguían los rituales prescritos por el santuario, aunque en algunos casos bastaba con beber el agua o realzar baños sucesivos durante varios días. También existían abluciones rituales, unciones con barro mineral o incluso noches de incubación sagrada, durante las cuales el enfermo dormía dentro del recinto esperando recibir en sueños la visita de la divinidad sanadora.
Si el tratamiento tenía éxito, el peregrino regresaba para depositar un exvoto en señal de agradecimiento. Muchos de esos exvotos representaban precisamente la parte del cuerpo que había sanado: piernas, brazos, ojos, úteros, manos o incluso órganos internos modelados en piedra, terracota o metal. Hoy constituyen uno de los testimonios arqueológicos más valiosos para reconstruir las enfermedades que preocupaban a las poblaciones antiguas y la enorme confianza depositada en las aguas sagradas.
Las aguas conquistadas por el Imperio
Si algo caracterizó a la religión romana fue su enorme capacidad para absorber las creencias de los pueblos conquistados. Lejos de destruir sistemáticamente los cultos locales, Roma comprendió que la mejor manera de integrar un territorio consistía en respetar a sus dioses, aunque bajo nombres latinos, y los manantiales medicinales constituyen uno de los mejores ejemplos de este fenómeno. En casi todas las provincias del Imperio existían fuentes cuya fama curativa era muy anterior a la llegada de las legiones, pero los romanos las monumentalizaron, levantaron templos, construyeron termas y dotaron a estos lugares de una infraestructura que facilitó la llegada de peregrinos desde regiones muy alejadas. No eran simples balnearios. Eran auténticos centros religiosos donde el agua era la protagonista absoluta.
A diferencia de los grandes templos urbanos dedicados a Júpiter, Marte o Juno, los santuarios de aguas salutíferas solían situarse en plena naturaleza, ya fuesen bosques, gargantas, cuevas, lagunas o nacimientos de ríos, todos constituían escenarios ideales para el culto, y no era una elección casual. En la mentalidad romana, determinados accidentes naturales manifestaban la presencia de una divinidad (numen). El agua que surgía espontáneamente de la tierra simbolizaba la fertilidad, la regeneración y la continuidad de la vida. Era un elemento que escapaba al control humano y, precisamente por ello, pertenecía a los dioses.
Muchas veces el santuario apenas alteraba el paisaje. Bastaban un pequeño altar, un recinto delimitado y una conducción que permitiera recoger el agua. En otros casos, especialmente durante el Alto Imperio, se desarrollaron complejos monumentales de gran sofisticación arquitectónica. Los arqueólogos han documentado estanques rituales, piscinas de inmersión, pórticos, templos, hospederías para peregrinos, talleres artesanales, tiendas e incluso pequeños teatros destinados a las celebraciones religiosas.
Britania: Uno de los ejemplos más conocidos se encuentra en la actual ciudad inglesa de Bath. Antes de la conquista romana, las tribus britanas ya veneraban un manantial termal al que atribuían propiedades curativas. La divinidad protectora recibía el nombre de Sulis, y cuando Roma llegó, no eliminó aquel culto, lo transformó. Los administradores imperiales identificaron a Sulis con Minerva, diosa de la sabiduría, de las artes y también de ciertos aspectos relacionados con la salud. Así nació una nueva divinidad híbrida: Sulis Minerva. El santuario romano creció hasta convertirse en uno de los principales centros religiosos de Britania. Miles de peregrinos acudían para bañarse en las aguas calientes que emergen de forma natural a unos 46°C, dejando como testimonio centenares de exvotos, monedas y las célebres tablillas de maldición (defixiones), finas láminas de plomo en las que los fieles pedían a la diosa justicia frente a robos o agravios personales. Este caso ilustra perfectamente un fenómeno frecuente en todo el Imperio: el sincretismo religioso, es decir, las antiguas divinidades locales no desaparecían; simplemente adquirían un nuevo nombre dentro del panteón romano.
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| Manantial de Bath, del que brota el agua a 64-96°C (imagen de https://www.enelmundoperdido.com/wp-content/uploads/2026/04/manaltial-termas-romanas-bath-scaled.jpg) |
Galia: La Galia ofrecía una extraordinaria riqueza de manantiales minerales. Ciudades como Aquae Borvonis (actual Bourbon-Lancy), Aquae Calidae (Vichy) o Aquae Sextiae (Aix-en-Provence) deben su origen precisamente a estos enclaves termales. Muchas de estas aguas estaban dedicadas al dios Borvo o Bormo, una divinidad céltica relacionada con las fuentes calientes. Los romanos mantuvieron su culto, identificándolo en ocasiones con Apolo, dios de la medicina y de la purificación. Las excavaciones arqueológicas han recuperado miles de objetos depositados deliberadamente en los manantiales. Entre ellos aparecen: monedas, joyas, armas inutilizadas ritualmente, pequeñas esculturas, exvotos anatómicos de madera, piedra o bronce e inscripciones votivas. Todo indica que la curación era entendida como un pacto entre el enfermo y la divinidad, en el que el agua actuaba como intermediaria.
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| Detalle de las conocidas como termas Sextius en Aix-en-Provence (imagen de https://www.gites-sisteron.fr/wp-content/uploads/2024/09/Les-thermes-Sextius-Aix-en-Provence.jpeg) |
Italia: En la propia península itálica existían numerosos santuarios asociados a fuentes minerales. Baiae, junto al golfo de Nápoles, alcanzó enorme fama por sus aguas termales y por la intensa actividad volcánica de la región. Autores como Horacio o Séneca describen la afluencia constante de aristócratas que buscaban tratamientos para enfermedades reumáticas o simplemente descanso. Sin embargo, no todos los visitantes acudían movidos por el lujo; muchos realizaban auténticas peregrinaciones religiosas. Especialmente importantes fueron los cultos relacionados con Esculapio (Asclepio para los griegos), dios de la medicina. Su santuario en la isla Tiberina en Roma se convirtió en uno de los principales centros terapéuticos del Mediterráneo occidental. Allí se combinaban prácticas médicas relativamente avanzadas con rituales religiosos, incubaciones sagradas y baños purificadores.
Hispania: La Península Ibérica fue especialmente abundante en manantiales minerales; no es casualidad que muchas estaciones termales actuales tengan un origen romano e incluso prerromano. Las investigaciones arqueológicas han identificado santuarios y establecimientos termales en numerosos puntos del territorio, de entre los que podemos señalar algunos muy significativos: Caldas de Montbui (Barcelona), Caldes de Malavella (Girona), Alange (Badajoz), Baños de Montemayor (Cáceres), Fitero (Navarra), Fortuna (Murcia), Archena (Murcia) o Chaves (Portugal). En muchos de estos lugares aparecieron altares votivos dedicados a las Ninfas, a Apolo, a Fontes, a las Matres o a divinidades indígenas romanizadas. Las aguas constituían un elemento esencial de la religiosidad local mucho antes de la llegada de Roma. Lejos de desaparecer, aquellos cultos adquirieron una nueva dimensión dentro del marco político y religioso del Imperio.
La arqueología demuestra además que algunos permanecieron vivos durante siglos; incluso tras la expansión del cristianismo, muchas fuentes siguieron siendo consideradas milagrosas. En no pocos casos, los antiguos santuarios paganos fueron sustituidos por ermitas, capillas o advocaciones marianas, conservando intacto el prestigio sanador del lugar. La continuidad de estos espacios sagrados constituye uno de los fenómenos más fascinantes de la historia de las religiones europeas. Cambiaron los nombres de los dioses, pero no la percepción de que determinadas aguas poseían un carácter extraordinario.
Y es precisamente en este contexto donde debemos situar uno de los objetos arqueológicos más singulares de la Hispania romana: una delicada pieza de plata sobredorada encontrada en las cercanías de Flaviobriga, la actual Castro Urdiales. A diferencia de los miles de exvotos recuperados en otros santuarios, esta obra no solo fue una ofrenda, sino también un auténtico relato visual del viaje del agua desde el manantial hasta el lugar de culto. Esa pieza, conocida como Pátera de Otañes, constituye uno de los documentos iconográficos más importantes para comprender cómo los romanos concebían el poder curativo de las aguas.
La pátera
A primera vista podría parecer simplemente un hermoso plato de plata decorado con escenas mitológicas. Sin embargo, basta observarla con detenimiento para comprender que estamos ante algo mucho más complejo: un auténtico relato visual del culto a un manantial sagrado.
La pieza apareció a finales del siglo XVIII en las proximidades de Otañes, localidad perteneciente al municipio de Castro Urdiales (Cantabria), dentro de un territorio que en época romana dependía de la colonia de Flaviobriga, fundada por el emperador Vespasiano hacia el año 74 d. C. Desde su descubrimiento permaneció en manos de la familia Otañes, circunstancia excepcional que permitió conservar intacta su procedencia histórica. A diferencia de tantas piezas antiguas cuyo contexto arqueológico se perdió para siempre, la tradición familiar mantuvo vivo el recuerdo del lugar donde había sido encontrada. La pátera fue declarada Bien de Interés Cultural y constituye hoy una de las obras maestras de la platería romana peninsular.
La mayoría de los investigadores la sitúan entre finales del siglo I y el siglo II d.C., aunque algunos autores han propuesto una fecha ligeramente posterior. En cualquier caso, pertenece al momento de máximo desarrollo económico de Flaviobriga, uno de los puertos más importantes de la cornisa cantábrica.
La pieza está realizada en plata sobredorada mediante una técnica extraordinariamente refinada, pero no se trata de una vajilla de uso cotidiano, sino de un objeto ceremonial. Las páteras eran recipientes poco profundos utilizados durante los sacrificios para realizar libaciones de vino, leche, agua o perfumes destinados a los dioses. El líquido vertido simbolizaba la comunicación entre el mundo humano y el divino. Resulta especialmente significativo que precisamente una pátera —el instrumento por excelencia para ofrecer líquidos a los dioses— fuera elegida para representar un santuario donde el agua constituía el elemento central del culto.
Lejos de limitarse a representar figuras aisladas, el artista organizó las escenas como una secuencia continua, en la que cada personaje desempeña una función, cada edificio parece ocupar un lugar concreto dentro del santuario, cada recipiente transporta agua y cada gesto tiene un significado ritual.
Entre todas las figuras destaca una mujer elegantemente vestida: la inscripción permite identificarla como Salus Umeritana. Este detalle convierte a la pátera en una pieza prácticamente única; mientras que la diosa Salus aparece con relativa frecuencia en monedas e inscripciones romanas, la advocación Umeritana solo se conoce gracias a este objeto y a una inscripción hallada también en las proximidades de Otañes.
¿Qué significa ese nombre? La explicación más aceptada es que hace referencia al lugar donde se encontraba el santuario; del mismo modo que existían divinidades llamadas Diana Nemorensis o Minerva Sulis, la expresión Salus Umeritana identificaría a la protectora del enclave denominado Umeri. Ese topónimo continúa siendo uno de los grandes enigmas de la arqueología cántabra, pues ningún texto clásico menciona expresamente ese lugar; su existencia ha debido reconstruirse a partir de las evidencias arqueológicas y epigráficas.
| Detalle de Salus, siguiendo la tipología romana convencional de una diosa o ninfa de las aguas, recostada, sosteniendo con su brazo izquierdo un cántaro del que brota el agua del manantial que personifica, y rodeada de vegetación natural de la montaña (imagen de https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/e/ef/R%C3%A9plica_de_la_P%C3%A1tera_de_Ota%C3%B1es.jpg) |
Las hipótesis más aceptadas sitúan el santuario en las proximidades del Pico del Castillo, cerca de Otañes, donde existen abundantes surgencias naturales y se han localizado restos romanos. Otros investigadores consideran posible que el conjunto estuviera relacionado con explotaciones mineras y conducciones hidráulicas utilizadas para el lavado de minerales. Ambas interpretaciones no son necesariamente incompatibles: en numerosas regiones del Imperio los manantiales sagrados y las explotaciones mineras compartían un mismo paisaje, pues el agua era imprescindible para ambas actividades. Hasta la fecha no ha aparecido una estructura monumental que pueda identificarse sin discusión como el santuario de Umeri. Sin embargo, la iconografía de la pátera sugiere con fuerza que dicho lugar existió realmente.
Aunque existen pequeñas diferencias entre los distintos estudios, la mayoría de los investigadores coinciden en reconocer varias escenas principales:
- El nacimiento del agua: En uno de los extremos aparece una construcción asociada a un manantial. El artista parece representar el lugar mismo donde el agua brota de la roca, donde la naturaleza sigue siendo la auténtica protagonista. Esta idea coincide plenamente con la concepción romana de los santuarios salutíferos: el espacio sagrado nace del manantial, no del edificio.
- La captación: Otra escena muestra personajes manipulando recipientes; todo indica que recogen cuidadosamente el agua destinada al santuario. El gesto recuerda las operaciones descritas por algunos autores antiguos, quienes señalaban que determinadas aguas debían extraerse siguiendo normas rituales muy precisas, pues no cualquier agua era sagrada: lo era únicamente aquella obtenida en el lugar correcto y mediante el procedimiento adecuado.
- El transporte: Quizá la escena más célebre representa una figura portando una gran vasija. Durante mucho tiempo algunos investigadores interpretaron la imagen como un simple aguador; hoy suele considerarse un servidor del santuario encargado del transporte ceremonial del agua. La presencia repetida de recipientes refuerza esta interpretación.
- La distribución ritual: Otra escena presenta una estructura arquitectónica más elaborada, pudiendo tratarse del propio santuario o de un edificio asociado al culto. Algunos especialistas creen reconocer conducciones hidráulicas, pero otros prefieren interpretarlo como un edificio porticado. Sea cual sea la solución definitiva, resulta evidente que el agua ya ha abandonado el ámbito estrictamente natural para integrarse en un espacio construido por el ser humano.
- La presencia de la diosa: Salus Umeritana preside simbólicamente todo el conjunto, pero sin participar en las tareas materiales. Simplemente observa, protege y garantiza la eficacia del agua. En la religión romana el poder curativo nunca residía únicamente en el líquido, y es que, sin la presencia de la diosa, el manantial sería simplemente una surgencia natural.
- La ofrenda: El relato concluye con escenas interpretadas como actos de culto, en los que algunos personajes parecen aproximarse respetuosamente a la divinidad, mientras que otros portan objetos. Es probable que el artista quisiera representar el momento culminante del ritual: la entrega de la ofrenda y la petición de salud. Sin embargo, no conocemos las palabras pronunciadas durante estas ceremonias; tan solo gracias a las inscripciones votivas de otros santuarios conservamos una fórmula muy repetida: "Porque escuchaste mi súplica, cumplo ahora mi promesa". Este do ut des (“yo doy para que tú me des”) constituye la esencia de la religión romana.
| Detalle del transporte de agua del manantial en un carro específico tirado por mulas, posiblemente para su distribución y/o venta en un entorno urbano (imagen de https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/e/ef/R%C3%A9plica_de_la_P%C3%A1tera_de_Ota%C3%B1es.jpg) |
Desde el punto de vista arqueológico, la importancia de la Pátera de Otañes resulta difícil de exagerar. No solo destaca por su extraordinaria calidad técnica, sino porque es un documento histórico excepcional. Mientras que la mayoría de los objetos votivos conservados nos hablan de personas concretas, esta pieza parece describir el funcionamiento completo de un santuario, casi como un tratado ilustrado sobre el culto al agua. Gracias a ella podemos comprender aspectos que apenas aparecen reflejados en los textos clásicos: cómo se captaba el agua, quién la transportaba, qué papel desempeñaban los servidores del santuario, cómo se integraban paisaje y arquitectura, y cuál era la función protectora de la divinidad local.
Sin embargo, aún queda una pregunta por responder: ¿hasta qué punto las escenas representadas coinciden con lo que nos cuentan los autores clásicos sobre las aguas salutíferas? La respuesta resulta sorprendente, porque la literatura romana confirma muchos de los aspectos que el artista grabó en la plata hace casi dos mil años.
- Plinio el Viejo es la fuente más importante para entender el prestigio de las aguas medicinales romanas. En los libros XXXI y XXXVI de su Historia Natural realiza un inventario de estos manantiales terapéuticos, capaces de aliviar enfermedades oculares, problemas digestivos, afecciones cutáneas o dolores articulares, o bien modificar el color del cabello, favorecer la fertilidad y ayudar a cicatrizar heridas.
- Vitrubio describe métodos para localizar manantiales, analizar la calidad del agua y distinguir diferentes composiciones minerales en su libro VIII sobre Arquitectura, poniendo especial énfasis en las aguas para consumo humano.
- Celso tiene un punto de vista estrictamente médico, recomendando baños calientes, fríos o templados según la enfermedad que se tenga en su De Medicina, y diferenciando el agua para higiene cotidiana de la utilizada para tratamientos médicos.
- Séneca se vuelca más por describir el poder emocional de la naturaleza en sus Cartas a Lucilio, explicando que ciertos bosques, cavernas o manantiales evocan sentimientos religiosos. En ese sentido, muchas veces los romanos no construían un santuario para convertir un lugar en sagrado, sino que el paisaje les resultaba tan extraordinario que encontraban la necesidad de establecer altares, templos y sacerdotes.
- Estrabón nos regala una descripción sobre la riqueza hidrográfica de Hispania y la importancia de sus recursos naturales en su obra Geografía, en la que ocupación humana está estrechamente ligada a montañas, ríos y fuentes.
- Marcial se explaya en mostrarnos en varios de sus Epigramas cómo las estancias en balnearios y termas formaban parte de la vida cotidiana de las élites, ya fuese para buscar descanso, bienestar o tratamiento a diversas dolencias. Desde este punto de vista, las termas públicas no son sino una evolución monumental de los primeros manantiales sagrados de sanación.
- Frontino analizó el agua desde un punto de vista estratégico en su obra De aquaeductu urbis Romae, sin interesarle sus propiedades milagrosas, solo como recurso del Estado para garantizar el abastecimiento urbano; aunque insiste en la necesidad vital de proteger los nacimientos de agua y evitar su contaminación, y a veces esa protección se conseguía declarando sagrado dicho manantial.
Hay pocas tradiciones nacidas en la Antigüedad que hayan llegado hasta nuestros días con tanta continuidad como el uso terapéutico del agua. Aunque hoy expliquemos sus propiedades mediante la hidrogeología, la medicina y la química, seguimos viajando a balnearios por motivos muy parecidos a los que movían a un ciudadano romano hace dos mil años: aliviar el dolor, recuperar fuerzas, mejorar la movilidad o simplemente buscar bienestar. Donde los romanos veían la intervención de una divinidad, nosotros hablamos de bicarbonatos, sulfuros, oligoelementos o temperaturas mineromedicinales; sin embargo, la experiencia humana continúa siendo extraordinariamente similar.
No deja de resultar llamativo que muchos de los grandes centros termales europeos actuales ocupen exactamente los mismos lugares elegidos por las comunidades prerromanas y monumentalizados después por Roma. La permanencia difícilmente puede explicarse como una simple casualidad: durante siglos, la observación empírica fue confirmando que determinadas aguas producían efectos beneficiosos sobre ciertas patologías, pero mientras la religión proporcionó el primer lenguaje para explicar esos resultados, después la ciencia ha aportado otros modelos interpretativos.
Fuentes:
Celso: De Medicina.
Estrabón: Geografía (libro III).
Frontino: De aquaeductu urbis Romae.
Marcial: Epigramas.
Plinio el Viejo: Naturalis Historia (libros II, XXXI, XXXVI)
Séneca el Joven: Epistulae Morales ad Lucilium.
Vitrubiuo: De Architectura.
Bibliografía:
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Blázquez Martínez, J. M. (1992): Religiones en la España antigua, Madrid, Cátedra.
Diéz de Velasco, F. (1998): Termalismo y religión. La sacralización del agua en la Península Ibérica y el norte de África en el mundo antiguo, Madrid, Universidad Complutense.
Gónzález Echegaray, J. (1997): Los cántabros, Santander, Ediciones Librería Estudio.
Iglesias Gil, J. M. (2008): "Actuaciones arqueológicas en Flaviobriga, Castro Urdiales, 1991-1997", en Ontañón Peredo, R. (coord.), Actuaciones arqueológicas en Cantabria, 1984-1999, Santander, Universidad de Cantabria, 193-196.
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Ruiz Gutiérrez e Iglesias Gil, J. M. (2014): "Flaviobriga y el santuario de Salus Umeritana", en Mangas Manjarrés, J. y Novillo López, M. A. (eds.), Santuarios suburbanos y del territorio de las ciudades romanas, Madrid, ICCA-UAM, 277-294.





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