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Mare Nostrum I: Monorremes y Birremes

 

Cuando pensamos en una batalla naval romana, lo normal es imaginar una enorme galera cargada de soldados, con un espolón de bronce en la proa, filas interminables de remos y legionarios preparados para convertir el combate en una especie de batalla terrestre sobre el agua. Y no vamos desencaminados. La imaginación romana también estaba fascinada por las batallas navales; en la Casa de los Vettii, en Pompeya, encontramos una pintura del siglo I d.C. en la que aparecen dos buques de guerra enfrentados, repletos de combatientes, con largos espolones y numerosos remos. La escena es espectacular, pero también nos obliga a ser prudentes.

 

Fresco de la Casa de los Vettii en Pompeya, con representación de dos naves (imagen de https://www.artisansofleisure.com/wp-content/uploads/2025/10/Pompeii_private-Italy-tours-40.jpg)


Podría representar una batalla naval real, pero también podría evocar una naumachia, es decir, uno de aquellos espectáculos en los que los romanos recreaban combates navales para diversión del público. En cualquier caso, resulta muy útil para conocer la imagen que un romano tenía de una galera de guerra: proa agresiva, espolón, remos, soldados y mucha violencia concentrada en muy poco espacio, que es, irónicamente, la misma imagen que ha heredado Hollywood en sus recreaciones audiovisuales de la marina romana. La pintura pompeyana no nos dice necesariamente "así era exactamente una birreme". Pero sí demuestra hasta qué punto las naves de guerra formaban parte del imaginario visual romano.

Pero hay un problema: la marina romana fue bastante más variada de lo que suele mostrar la iconografía popular. Entre los grandes buques de varias filas de remos —trirremes, cuatrirremes, quinquerremes y sus hermanos mayores— existieron también embarcaciones mucho más ligeras. Algunas tenían una sola fila de remos; otras, dos. Eran rápidas, maniobrables y, sobre todo, mucho menos exigentes que los grandes navíos de línea. Aquí aparecen dos palabras que suenan casi como una pareja inseparable: monorreme y birreme.

Como su nombre indica, la monorreme llevaba una sola fila de remos por banda, mientras que la birreme, dos. Sencillo, al menos sobre el papel; porque cuando uno empieza a leer a los autores antiguos y a mirar los relieves romanos, las cosas se vuelven bastante más interesantes.

Roma no inventó ninguna de estas embarcaciones. La tradición naval mediterránea llevaba siglos experimentando con la manera de colocar más remos sin convertir el barco en una especie de larguísimo tablón incapaz de maniobrar. La solución fue sencilla y genial: poner parte de los remeros por encima de los otros. La tradición antigua recogida por Plinio el Viejo (VII, 207-209) atribuía a los habitantes de Eritras, en Asia Menor, la invención de la birreme; en su Historia natural escribe, al enumerar los distintos tipos de naves, que Damastes atribuía a los eritreos la creación de la biremis. No debemos tomarlo como si Plinio estuviera consultando los planos del primer astillero de la historia: se trata de una tradición literaria antigua, y las ciudades griegas tenían una cierta afición por atribuirse el mérito de haber inventado esto o aquello. Pero nos sirve para entender algo fundamental: la birreme era una embarcación con una historia muy anterior a Roma. La monorreme es todavía más antigua; una nave de un solo orden de remos era, en esencia, la solución más elemental para propulsar rápidamente una embarcación larga. Los griegos conocieron numerosos barcos de este tipo, y el mundo itálico —etruscos incluidos— también utilizó embarcaciones de un solo banco.

Cuando los romanos entraron en ese mundo naval, lo hicieron como recién llegados, pero a lo grande. Durante la Primera Guerra Púnica, Roma tuvo que enfrentarse a un enemigo que llevaba generaciones viviendo del mar: Cartago. La famosa historia de la primera flota romana copiando una quinquerreme cartaginesa resume bastante bien el problema: Roma necesitaba barcos grandes, capaces de enfrentarse a los cartagineses, y necesitaba aprender deprisa. La batalla de Milas (260 a.C.), y posteriormente la de las islas Egadas (241 a.C.), demostraron que Roma podía convertirse en una potencia naval. Entre Milas y la batalla de Mioneso (190 a.C.), los romanos terminaron imponiendo su dominio naval sobre buena parte del Mediterráneo, es decir, en poco más de 70 años. Pero las enormes quinquerremes no servían para todo. Una flota necesitaba también barcos pequeños: exploradores, patrulleros, mensajeros, embarcaciones capaces de perseguir piratas o de entrar en aguas poco profundas. No todo combate naval consistía en colocar dos líneas de enormes galeras frente a frente y esperar a ver quién partía primero el casco del contrario. Y aquí empezaron a tener sentido los barcos ligeros.

Pero antes, conviene hacer una pequeña pausa terminológica: el término moderno monorreme resulta cómodo, pero los romanos no tenían necesariamente una clasificación tan rígida como la que solemos utilizar hoy. El término latino moneris —relacionado con el griego monḗrēs— designaba una embarcación con un solo orden de remos. El propio léxico latino conserva precisamente ese significado. Tenemos además un testimonio extraordinariamente útil de Tácito (V, 23): durante la rebelión de Julio Civilis (69 d.C.), el historiador cuenta que Civilis reunió sus birremes y las embarcaciones impulsadas por un solo orden de remos para realizar una demostración naval en el Rin y el Mosa. Es un detalle magnífico porque nos muestra que, en el siglo I d.C., un romano podía distinguir perfectamente entre ambos conceptos. La monorreme era, por tanto, el equivalente naval de la filosofía de "menos es más": menos madera, menos tripulación, menos peso y menos problemas logísticos. A cambio, no podía proporcionar la potencia de una nave mayor. Pero si lo que necesitabas era aparecer de repente detrás de una isla, remontar un río o vigilar una costa, aquella ligereza podía valer oro.

La birreme era un paso más. En lugar de colocar todos los remos en una única línea, disponía dos órdenes de remos, uno por encima del otro. El resultado permitía aumentar la potencia propulsora sin tener que alargar el casco de forma absurda. La imagen que tenemos en la cabeza cuando pensamos en una galera antigua —dos filas de remeros, una ligeramente elevada sobre la otra— se parece bastante a lo que las representaciones antiguas quieren transmitir. Pero hay que tener cuidado con los dibujos modernos. El número de "remos" o de "filas" no nos permite conocer automáticamente cuántos hombres manejaban cada remo. La terminología naval antigua es mucho menos transparente de lo que parece, y la investigación moderna sigue discutiendo algunos aspectos de la disposición exacta de los remeros. De hecho, una de las mayores dificultades de la arqueología naval antigua consiste precisamente en reconstruir un barco a partir de representaciones que no fueron hechas como planos técnicos.

Uno de los testimonios más espectaculares es el famoso relieve procedente del santuario de Fortuna Primigenia de Palestrina, la antigua Praeneste. La embarcación aparece con una proa poderosa, espolón, remeros y una estructura elevada que probablemente tenía funciones militares. El relieve pertenece al ambiente de la Roma republicana tardía y constituye una de las mejores imágenes antiguas que tenemos de una birreme romana. La tradición artística del santuario estaba profundamente influida por el mundo helenístico, algo que encaja perfectamente con el origen mediterráneo de este tipo de nave.

 

Relieve de Palestrina mostrando una birreme de en torno al s. II a.C. Conservado en los Museos Vaticanos, Roma (imagen de https://cdn.thecollector.com/wp-content/uploads/2021/05/bireme-actium-praeneste.jpg?width=1161&quality=100&dpr=2)

 

Lo interesante es que aquí el barco no aparece como un simple elemento decorativo, sino que tiene aspecto de máquina de guerra. La proa está concebida para golpear; los remeros proporcionan la fuerza motriz; sobre la cubierta aparecen combatientes y estructuras destinadas a la lucha. Es decir, no estamos ante una barquita de pesca con ínfulas militares, sino ante una verdadera galera.

Desgraciadamente, al menos de momento, no conservamos el pecio de una birreme marítima perfectamente identificada, con sus dos órdenes de remos intactos. Esto es importante decirlo, porque a veces las reconstrucciones modernas dan la impresión de que tenemos delante planos completos de barcos romanos, y no, no los tenemos. La madera de los barcos antiguos rara vez sobrevive en el Mediterráneo, pero en los ríos del norte de Europa las condiciones fueron mucho más favorables. En Oberstimm, cerca de Ingolstadt, aparecieron dos embarcaciones militares romanas de comienzos del siglo II d.C. Son barcos estrechos, de unos 15-16 metros de longitud, impulsados por una sola fila de remeros. Se ha conservado suficiente estructura para conocer incluso detalles de su sistema de boga. 

 

Reconstrucción de una de las embarcaciones hallada en Oberstimm (imagen de https://pbs.twimg.com/media/DoVL_wqXsAAxepy.jpg)


El arqueólogo Ronald Bockius llegó a interpretarlos como moneres, es decir, como representantes de la clase más pequeña de galeras antiguas. Su función exacta sigue abierta: patrulla, comunicación, escolta o transporte ligero son posibilidades razonables. Y aquí la arqueología deja de ser una ilustración de los libros para convertirse en algo tangible: tenemos madera romana real que nos permite entender cómo eran algunos de esos pequeños barcos que las fuentes literarias apenas describen. Los restos de Oberstimm están además relacionados con una tradición constructiva mediterránea, pese a encontrarse junto al Danubio. Es una buena demostración de que la marina romana no era solamente una cuestión del Mediterráneo: los conocimientos navales viajaron con el ejército hasta las fronteras.

Los barcos ligeros tenían una enorme ventaja: podían hacer cosas que una gran quinquerreme no podía hacer con facilidad. Un buen ejemplo lo encontramos durante la guerra civil entre César y Pompeyo: en 48 a.C., en el puerto de Orico, las fuerzas de Pompeyo lograron introducir cuatro birremes en el puerto interior y utilizarlas para atacar los barcos de César (BC, III, 39-40). El relato de César es casi cinematográfico: las birremes fueron llevadas hasta allí mediante rodillos y palancas, y desde ellas se atacaron los navíos enemigos que estaban amarrados. No era una gran batalla naval al estilo de Salamina, sino algo mucho más romano: ingeniería, improvisación y trabajo físico. Y nos revela además que una birreme podía resultar suficientemente manejable como para ser trasladada por tierra dentro de una instalación portuaria.

También encontramos birremes en los combates de Alejandría durante la guerra civil. El autor del Bellum Alexandrinum (16) cuenta que en una batalla naval los hombres de César capturaron, entre otras embarcaciones, una quinquerreme y una birreme, mientras otras tres fueron hundidas. Aquí la escena resulta reveladora: la birreme no era necesariamente el equivalente de "barco pequeño que nunca entra en combate". Podía participar directamente en una acción naval junto a naves mucho mayores; su tamaño podía ser una desventaja frente a un buque pesado, pero también significaba menor calado y mayor agilidad. En aguas complicadas, puertos, estrechos o ríos, esas características podían ser más importantes que la fuerza bruta.

Y llegamos al gran momento de la historia de los barcos ligeros romanos: Actium, 31 a.C. Durante siglos se ha contado la batalla como el enfrentamiento entre las enormes naves de Marco Antonio y Cleopatra y las pequeñas y ágiles liburnas de Octaviano y Agripa. Esta historia, gracias a la magia de la propaganda augustea, es muy buena, pero también demasiado simple. Las fuentes antiguas y la investigación moderna indican que la flota de Octaviano no era simplemente una colección de diminutas lanchas enfrentándose a gigantescos monstruos egipcios. La composición real de ambas flotas era bastante más compleja, y Octaviano disponía también de barcos pesados. Pero hay una cosa que sí resulta decisiva para nuestra historia: los liburnios eran un pueblo de la costa oriental del Adriático famoso por su tradición marinera y, entre otras cosas, por la piratería. Su embarcación característica fue adoptada por Octaviano y acabó convirtiéndose en uno de los modelos fundamentales de la marina imperial; y aquí aparece una confusión interesante: la liburna no fue siempre exactamente una cosa. En origen era un tipo de barco ligero de tradición iliria, pero durante el Imperio el nombre empezó a utilizarse de manera cada vez más amplia. Algunas liburnas tenían un solo orden de remos; otras podían tener dos, tres, cuatro e incluso más. Vegecio, escribiendo siglos después, afirma que las liburnas pequeñas podían tener un orden de remos, las mayores dos y las de tamaño adecuado tres, cuatro o incluso cinco (IV, 33 y 37). Dicho de otro modo: "liburna" terminó siendo tanto un tipo concreto como una etiqueta bastante flexible, y eso explica buena parte del lío moderno.

Si queremos ver cómo eran las galeras ligeras en época imperial, pocas fuentes visuales son mejores que la Columna de Trajano. En sus relieves aparecen numerosas embarcaciones durante las Guerras Dácicas, y entre ellas se ven galeras abiertas, con remeros dispuestos en dos niveles y barcos utilizados para trasladar tropas por el Danubio. No debemos tratar el relieve como si Trajano hubiera encargado a un ingeniero naval que dibujara los planos del barco. Es una obra monumental, narrativa y propagandística.

 

Escenas 34 y 35 de la Columna Trajana, mostrando el transporte fluvial de la campaña militar contra los dacios (imagen de https://www.trajans-column.org/wp-content/flagallery/scenes31-38/33_xxv_xxxiv_7033-composite-web.jpg)


Pero proporciona detalles extraordinarios: remos, timones, proas, estructuras de cubierta, cabinas y posiciones de los tripulantes. La investigación moderna ha señalado que algunas de estas galeras abiertas, con aproximadamente catorce a dieciocho remeros representados en dos niveles, pueden interpretarse como liburnas destinadas al transporte militar. La escena nos recuerda algo fundamental: en el Imperio la marina no servía solamente para librar grandes batallas, sino también para mover el ejército, y en el Danubio eso podía ser mucho más importante que hundir al enemigo.

Después de su gran protagonismo en Actium, ¿qué pasó con las birremes? ¿Simplemente desaparecieron? Desde luego no, y tampoco las monorremes, pero sí que cambió su papel. A medida que avanzó el Imperio, la marina romana se organizó en flotas permanentes: Miseno, Rávena, Alejandría, las flotas del Rin, del Danubio y otras escuadras provinciales. La gran época de las enormes batallas de la República había quedado atrás, pues Roma controlaba el Mediterráneo y el principal enemigo ya no era otra superpotencia naval cartaginesa. La prioridad pasó a ser otra: patrullar, transportar tropas, combatir la piratería, proteger puertos y controlar ríos y fronteras; en ese mundo, las naves ligeras eran perfectas.

Vegecio, probablemente a finales del siglo IV o comienzos del V, todavía describe una marina en la que las liburnas podían tener desde uno hasta varios órdenes de remos. Y recuerda que en Actium habían participado incluso barcos de seis órdenes o más. La palabra liburna, entretanto, había perdido parte de su antiguo significado técnico. Eso es precisamente lo que hace tan difícil reconstruir una "evolución" lineal de los barcos romanos. No existió una secuencia sencilla del tipo: monorreme → birreme → trirreme → desaparición. La realidad fue mucho más desordenada, en la que coexistieron, durante siglos, diferentes diseños, modificados según necesidad, y a veces incluso cambiando de nombre.

La historia vuelve a hacerse especialmente interesante cuando abandonamos el Mediterráneo. En el Rin y el Danubio aparecieron pequeñas embarcaciones militares de fondo y calado adecuados para los ríos. Los restos hallados en Mainz (la antigua Maguncia), por ejemplo, corresponden a cinco barcos romanos del siglo IV d.C. y constituyen una de las mejores colecciones arqueológicas de embarcaciones militares romanas conservadas. Son los famosos barcos de Mainz, relacionados con las llamadas naves lusoriae.

 

Restos de la nave Mainz 3, conservada en el Museo de la navegación antigua, Mainz (imagen de https://blogcatedranaval.com/2020/05/26/roma-y-la-defensa-fluvial-de-maguncia/#jp-carousel-31631)

 

No debemos llamarlos automáticamente "monorremes" sin más: pertenecen a un contexto y una tradición propios de la Antigüedad tardía, pero muestran hasta qué punto la idea fundamental de la pequeña galera de un solo banco de remos seguía siendo útil muchos siglos después de que Roma hubiese comenzado a construir sus primeras grandes flotas.

Y esto nos lleva a una conclusión bastante más interesante que decir simplemente que la monorreme y la birreme "cayeron en desuso". No desaparecieron porque alguien decidiera que eran barcos anticuados, sino que fueron transformándose porque las necesidades militares cambiaron. La birreme dejó de ser "la novedad revolucionaria" que había sido en el mundo arcaico, y la monorreme dejó de ser simplemente el barco más sencillo de la flota. Pero ambas ideas —una o dos filas de remos— siguieron formando parte del repertorio naval romano.


Fuentes:

Anónimo: Bellum Alexandrinum.

César: Guerra Civil.

Dión Casio: Historia romana (libros 40, 50 y 51).

Plinio el Viejo: Historia Natural.

Polibio: Historias (libros 1 y 16).

Tácito: Historias.

Vegecio: Epitoma rei militaris.

Bibliografía:

Bockius, R. (2002): Die römischen Schiffsfunde von Oberstimm in Bayern, Mainz, Verlag des Römisch-Germanischen Zentralmuseums.

Casson, L. (1995): Ships and Seamanship in the Ancient World, Baltimore, The Johns Hopkins University Press.

Duval, P-M. (1949): “La forme des navires romains, d’après la mosaïque d'Althiburus”, Mélanges de l'École française de Rome, 61, 119-149.

Morrison, J. S., Coates, J. F. y Rankov, N. B. (2000): The Athenian Trireme: The History and Reconstruction of an Ancient Greek Warship, Cambridge, Cambridge University Press.

Pitassi, M. (2012): The Roman Navy: Ships, Men and Warfare 350 BC – AD 475, Yorkshire, Seaforth Publishing.

Saddington, D. B. (2007): “The Evolution of the Roman Imperial Fleets”, en Erdkamp, P. (ed.), A Companion to the Roman Army, Oxford, Wiley-Blackwell.

Sanz, A. S. (2020): ‘Imperium Maris’. Historia de la marina romana imperial y republicana, Madrid, La Esfera de los Libros.

Starr, Ch. G. (1941): The Roman Imperial Navy, 31 B.C. – A.D. 324, New York, Cornell University Press.

Wilkes, J. (2015): “Liburni”, Oxford Classical Dictionary, New York, Oxford University Press.

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